35.- El maní en el tamal

Dicen que la memoria tiene muchas formas. Hay memorias que se activan con una canción, otras con un olor. Pero hay unas más sutiles, más silenciosas, que se esconden en el sabor de algo tan simple como un maní dentro de un tamal y mágicamente, se vuelven en un gran momento.

Yo tengo una de esas.

Cada vez que como un tamal y descubro que tiene  maní, una escena aparece, como si alguien la proyectara desde mi interior: una mesa dominical en el restaurante Don Lucho, en Pueblo Libre. Tengo muy claro los sonidos de fondo: personas conversando, platos, sonidos de provienen de la cocina. Mi papá, mi mamá y yo, en uno de esos rituales familiares que uno no valora tanto en el momento, pero que con los años se convierten en tesoros.

Recuerdo el tenedor de mi papá hundiéndose en el tamal y, de pronto, él lo mira con una mezcla de sorpresa y gusto y como quien descubre un secreto: «mmm… tiene maní». Recuerdo su rostro, el gusto con que se lo tomó con el tenedor y desde ese día, encontrar un maní dentro de un tamal, de lo más tradicional que pueda ser, se vuelve un platillo hecho por grandes chefs.

Fue tan simple. Tan cotidiano.

Pero ese “mmm” quedó tatuado en mí.

Y yo, chica todavía, viendo cómo ese detalle tan simple le sacaba una sonrisa.

No sé si fue la forma en que lo dijo, con esa curiosidad de niño grande, o si fue porque yo también lo descubrí en ese instante con él. Pero desde ese día, el tamal con maní dejó de ser solo comida. Se volvió ritual. Se volvió recuerdo. Se volvió abrazo.

Eso quedó registrado en algún rincón de mi cuerpo. No sé si fue el gesto, el sabor, el sonido de su voz o la mezcla de todo. Pero lo cierto es que cada vez que pruebo un tamal con maní, algo en mí se enciende. No pienso en el restaurante ni en los chicharrones ni siquiera en la mesa. Pienso en esa sensación exacta de haber compartido algo chiquito y perfecto con mi papá.

La memoria gustativa es rara. No se activa con fechas ni con nombres. Se activa con cosas inesperadas. Con la textura de una masa. Con el crujido suave de un maní. Y de pronto, el pasado ya no está lejos. Está aquí, en la boca, en el pecho, en la sonrisa.

Mi papá sigue disfrutando cada bocado, y eso lo hace todavía más bonito. Es un recuerdo vivo. Es una escena que abraza. Un pequeño lujo de la memoria que me recuerda que algunas cosas se quedan para siempre, aunque pasen los años, aunque cambien los domingos.

Y entonces, cada vez que aparece el maní en el tamal, yo lo saludo en silencio. Como se saluda a los recuerdos que uno elige conservar.

Papi, nos comemos un tamalito con maní este domingo con una tacita de café? 😉

La Vane…y su café

1.- ¡Regresando!…después de mucho tiempo

¡Hola!

Soy «la Vane», como cariñosamente me llaman mis amigos y sí, ¡me gusta el café!

El nombre de este blog surge a raíz de una frase que solía (o suele) acompañar el saludo de mis amistades: «Cuando no, la Vane y su café». Se volvió tan frecuente que poco a poco se convirtió en un sello personal, dando inicio, hace muchos años atrás, a este dominio, al cual les doy nuevamente la bienvenida.

Les cuento que han pasado muchos años desde que publiqué mi primer y único artículo (aún lo conservo, así que te invito a leerlo: «Des…aprendiendo»). Muchos borradores quedaron en el tintero virtual, los cuales ahora vuelvo a leer y me regresan a la Vane del pasado, con un estilo muy peculiar de escribir, siempre buscando aprender y entender.

Hoy retomo esta práctica, luego de haber terminado un taller de escritura creativa, en el cual conecté con esas emociones que suelen quedarse guardadas en un imaginario baúl de los recuerdos, esperando ser encontradas. Y es en esas emociones que logras reconectar y encontrar -nuevamente- aquellas actividades que forman parte de lo que realmente eres (más adelante les contaré sobre esta experiencia).

Hoy quiero invitarte a tomar un café conmigo, lo usaré como pretexto para que conversemos y me conozcas un poco más, y si podemos intercambiar ideas, ¡mucho mejor!

Estaré aquí los viernes (por ahora). Espero que luego nos encontremos con más frecuencia y hagamos de este ritual de café nuestro mejor pretexto para conocernos.

Te invito a leer mi primera entrada, «Carta n°1 a mi yo del futuro». Espero que disfrutes leyéndola tanto como yo disfruté escribiéndola.

¡Bienvenidos!

la Vane…y su café 😉

vanessa@lavaneysucafe.com

@lavaneysucafe

#lavaneysucafe

34.- En modo niño

Hace un tiempo tomé una decisión: volver a ver la vida en modo niño. No sé en qué momento lo olvidé, pero por suerte algo dentro de mí quiso recordármelo.

El modo niño no es una edad, es una forma de mirar. Es cuando, de pronto, una puesta de sol no es solo el fin del día, sino un espectáculo que parece pintado solo para ti. Es cuando jugar con tu mascota se convierte en una fiesta. Cuando una carcajada no necesita explicación. Cuando recibir un mensaje inesperado te puede alegrar todo el día. Es dejarse sorprender. Es ver con ojos nuevos, aunque ya conozcas el paisaje.

Hubo un momento en que todo empezó a volverse normal. La rutina se puso in – cómoda y silenciosa, y dejé de notar las cosas lindas. Pero un día, decidí que no quería acostumbrarme. Quise volver a maravillarme. Volver a asombrarme con las cosas más simples. Como hacen los niños. Como cuando uno descubre algo por primera vez y todo se llena de brillo.

Y empecé a mirar distinto. A disfrutar distinto. Como si cada día fuera una caja con sorpresa. Como si el mundo tuviera detalles escondidos solo para mí… y para quien se anime a mirar con curiosidad.

Una de esas cosas que me devuelven automáticamente al modo niño son las burbujas de agua. No importa dónde esté ni con quién esté: si veo una burbuja de agua, corro tras ella. Me emociono. Trato de atraparla, de reventarla entre risas, como si fuera una misión importantísima. Y por un instante, soy esa niña que no piensa en nada más que en jugar. Es un ritual mío, una forma de recordarme que sigo viva por dentro.

Volver al modo niño es un acto de rebeldía luminosa. Es decirle que no al piloto automático. Es salirse del molde de “lo de siempre” y atreverse a disfrutar sin poses, sin deberes, sin la idea de “ser productiva”. Solo por el placer de reír. Solo por el gusto de estar viva.

Y es ahí donde todo cambia. Porque cuando uno elige ver el mundo con ojos de niño, no es que las cosas cambien… es que uno cambia.

Y entonces todo —absolutamente todo— puede volverse extraordinario.

Tal vez hoy también sea un buen día para correr tras una burbuja. O al menos, para volver a mirar algo de siempre… con ojos de primera vez.

Café en mano…lista para buscar «mis burbujas» 😉

La Vane…y su café

33.- Se me pegaron las sábanas

Hoy amanecí distinto.

No salté de la cama como siempre. No puse el despertador a pelear conmigo. No me puse las zapatillas ni salí corriendo al gimnasio. Hoy se me pegaron las sábanas… y ¿sabes qué? Me encantó.

Estoy tan acostumbrada a empezar el día antes que el sol, con la lista de tareas en la cabeza y el cuerpo en piloto automático, que había olvidado lo que es simplemente no hacer nada.

Nada más que quedarse ahí. Respirando. Viendo cómo entra la luz por la ventana.

Escuchando los sonidos de la mañana sin apuro. Sintiendo el peso de las cobijas como un abrazo.

Hoy me hice un café sin prisa. Me quedé en la cama leyendo un par de páginas de ese libro que hace semanas tengo en la mesa de noche (spoiler: no es de productividad, ni de liderazgo, ni de innovación).

Me vi un capítulo de una serie medio boba, pero que me hace reír.

Y me reí. Solita.

Sin culpa.

Porque a veces el cuerpo no pide más horas de sueño, sino un rato de pausa.

Una tregua en la rutina.

Un día que empiece distinto. No desde el hacer, sino desde el ser.

Desde cuidarte, mimarte, escucharte.

No digo que hay que quedarse en la cama todos los días —aunque qué tentación—, pero sí que está bien romper la rutina de vez en cuando.

Darse ese permiso.

Y que si un día las sábanas se te pegan… quizás es porque el alma también necesitaba detenerse.

¿Y tú?
¿Cuándo fue la última vez que te regalaste unas horas en la mañana solo para ti?

Disfrutando mi café con pausa, con el alma…sin rutina

La Vane…y su café 😉

32.- El colibrí: un susurro del universo

La primera vez que pude darle agua de mi mano a un colibrí cansado que encontré en el patio de mi casa, sentí como si el tiempo se detuviera. Después de beber agua de la palma de mi mano, retomó fuerzas. Sus alas vibraban tan rápido que apenas eran visibles, pero su cuerpo pequeño permanecía inmóvil en el aire, mirándome por un segundo eterno. En ese instante, algo en mí se encendió: una conexión sutil, casi mágica, con esta ave diminuta y sabia. Ese día inició una conexión especial con esta pequeña y hermosa ave.

Desde entonces, cada encuentro con un colibrí es una pequeña señal del universo, un recordatorio de que la vida está llena de belleza inesperada y que, a pesar de todo, siempre hay motivos para sonreír y confiar.

El colibrí se ha vuelto para mí un símbolo de esa espiritualidad sencilla y luminosa que florece cuando aprendemos a observar con el alma.

Los mayas, y muchas otras naciones nativas, lo veían como símbolo de alegría, sanación, amor y adaptabilidad. Ellos sabían que su aparición no era casual: cuando uno se cruza en tu camino, trae consigo una vibración de luz, como si el universo quisiera recordarte que todo está bien, que estás en el camino correcto, y que lo mejor siempre está por venir.

Una leyenda hermosa cuenta que, cuando un alma está lista para trascender, se posa en una flor y es el picaflor quien la recoge con delicadeza para llevarla a un lugar de paz. Esa imagen me acompaña con ternura y me reconfirma que todo está en armonía, que nada se pierde, que todo se transforma con amor.

También se dice que si deseas algo con el corazón y se lo susurras a un colibrí, él puede ayudarte a concretarlo. Es el símbolo de los sueños que vuelan alto, de los deseos puros que se materializan. Y sí, me gusta pensar que el universo responde, a veces en forma de alas brillantes que aparecen cuando más lo necesitamos.

El colibrí me ha enseñado tanto. Me muestra cómo vivir con ligereza pero con propósito. Cómo avanzar con determinación y elegancia. A pesar de su tamaño, es capaz de cruzar continentes, de enfrentar vientos, de encontrar flores incluso en los lugares más inesperados.

Y también sabe cuándo detenerse, cuándo descansar y recargar. Durante las noches frías, entra en una especie de pausa natural, y con el sol, renace. Esa sabiduría del ritmo, del equilibrio, me inspira profundamente. Cada día es una nueva oportunidad para renacer, para abrir las alas y volver al vuelo.

Hoy, cuando me cruzo con un colibrí, ya no lo veo solo como un ave bebiendo néctar. Lo recibo como un pequeño maestro que me recuerda que vivir es un arte y que cada momento puede ser dulce si aprendemos a saborearlo como él: con atención, con gratitud, con alegría.

Cada vez que uno pasa cerca, me detengo a respirar más profundo, a sonreír, a confiar. Porque sé que estoy acompañada, guiada, protegida. Que hay energía buena moviéndose conmigo, llevándome justo donde debo estar.

Hace poco visité un lugar al sur de Lima y ¿saben que ocurrió? ¡Estaba repleto de colibríes!! ¡Nunca había visto tantos colibríes juntos! Por un momento pensé que había llegado al paraíso, fue la señal que esperaba: lo estoy haciendo bien…

Un último sorbo a mi taza de café, y estoy lista para oír el susurro del universo

La Vane…y su café

31.- Hablemos de sexo

En este proceso de exploración, conocimiento y autoconocimiento que vengo recorriendo desde hace un tiempo, era inevitable llegar a este punto: el autoconocimiento físico. Así que hace poco participé en un taller en el que te enseñaban a reconectar con tu sensualidad natural y feminidad para, desde ahí, vincularte con tu sexualidad.

Creo que todas las que asistimos fuimos atraídas por una publicidad divertida, curiosa y, sobre todo, con un nombre llamativo. Nos aventuramos a descubrir qué aprendizajes nos podía dejar este taller. Y claro, como muchas, pensé que sería simplemente un taller de baile divertido, algo para «vacilarte» un día de semana.

Mi primera sorpresa al llegar: un mix de edades (y pensar que creí que sería una de las mayores… ¡error!), una gran variedad de personalidades y estilos de mujeres. Algunas que, a simple vista, parecían tímidas; otras que, si las veías por la calle, jamás imaginarías que asistirían a un taller con este enfoque.

Todas estábamos sentadas en el suelo. Algunas, incómodas y tímidas; otras, más en confianza. Detrás de mí había una encantadora mujer, mayor que yo, que me dijo: «Yo me quedo atrás tuyo, no quiero estar muy adelante para que no se me vea de frente». Y otras, más seguras, ocupaban la primera fila, con una actitud llamativa que captaba la atención de todas.

El taller inició con una representación de baile, muy sensual y acrobático, que nos fue integrando de a pocos. Entre bromas y risas, empezamos a entrar en confianza.

Imagino que quieren saber más detalles sobre el taller y si logré el objetivo, ¿no? Eso lo dejaré para otro día. Hoy quiero darle otro enfoque, porque esta experiencia me conectó con otra vivencia previa.

A finales del año pasado, participé en un ritual espiritual con un grupo de mujeres. Se trataba de reconectar con la naturaleza. Y ahora, en este taller, nos estábamos conectando con nuestra sensualidad. ¿Lo más curioso? Que, de alguna forma, ambos manejaban conceptos y prácticas muy similares: conectar con nosotras mismas, con nuestra esencia, con nuestra fuerza, con nuestro poder de crear. Nos llevaban a reconocer nuestra naturaleza creadora y exploradora. No vinimos al mundo para quedarnos con los brazos cruzados: nacimos para crear. Más allá de la posibilidad de tener hijos o no, nuestra esencia es creadora en todos los sentidos.

Creo que hay muchos clichés sobre las relaciones entre mujeres. Que entre nosotras podemos ser las mejores amigas y, a la vez, las peores enemigas. Pero yo creo que es el entorno el que nos ha hecho creer eso. En estos espacios, tuve la oportunidad de compartir con mujeres bellísimas, desconocidas entre sí, con historias y experiencias distintas, pero con un mismo propósito: encontrarnos. Intentando romper esas etiquetas que nos han limitado por tanto tiempo, que nos hicieron dudar de quiénes somos.

Desde cómo te ríes, cómo comes, cómo vistes, que foto «te autorizan» a publicar en redes sociales, cómo te relacionas con los demás. Si eres muy buena, te dicen que los demás «se aprovechan»; si eres cercana, te critican porque «no tienes carácter»; si intentas algo nuevo, te dicen que «no eres capaz».

Hace unos años leí «Mujeres que corren con los lobos», de Clarissa Pinkola Estés. En él se explica cómo el contexto y la sociedad han intentado limitarnos, haciéndonos creer que debemos encajar en moldes que no nos pertenecen. Y, sin embargo, independientemente del rol que elijamos en la sociedad, cada una de nosotras tiene su propia fuerza y esencia en la vida.

«Ser nosotros mismos hace que nos excomulguen del Reino, no serlo hace que nos excomulguemos de nuestra propia existencia. La voz de la naturaleza instintiva nos susurra con frecuencia: ‘Este es el camino. Ve por aquí’. Y si seguimos ese camino, nos encontramos con el yo salvaje y libre. Pero si no lo seguimos, la vida se vuelve diminuta y marchita”. (del libro Mujeres que corren con los lobos»)

Hoy sé que no se trata solo de bailar, ni de un ritual, ni de un taller. Se trata de volver a nosotras. De elegirnos. De ser libres.

Y si hay algo que me quedó claro en este camino es que ninguna está sola en esta búsqueda. Nos encontramos en el reflejo de la otra, en una mirada cómplice, en una risa compartida. Porque todas, en algún momento, hemos querido recordar quiénes somos.

Un sorbo más a mi taza de café, y a seguir encontrándome a mí misma! 😉

La Vane…y su café 😉

30.- Conexiones

Hay cosas que simplemente son más divertidas cuando las haces con otros. Bailar, crear, aprender, reírte hasta que ya no puedas más… todo eso se multiplica cuando hay gente alrededor que vibra contigo. Y no hablo de grupos formales ni de grandes comunidades organizadas con reglas y normas. Me refiero a esos espacios que se van armando casi sin querer, donde te sientes cómodo, donde te impulsan y donde te ríes tanto que hasta se te olvida el cansancio.

Un claro ejemplo es en el gimnasio. Uno llega pensando que va a hacer ejercicio y, cuando sientes que no tienes la fuerza necesaria, aparecen esas voces de apoyo. Sin competencia, sin exigencias, solo dándose ánimos entre todos para que alguien logre su objetivo.

¿Y la clase de Zumba? Pasa algo parecido. No es solo moverse y quemar calorías, es la música a todo volumen, el “¡vamos, que esta la sabemos!” cuando suena la canción favorita, el paso mal hecho que provoca carcajadas y, de pronto, todos estamos riéndonos en plena coreografía. Es ese guiño de “hoy la dimos toda” al final de la clase y la certeza de que volverás porque ahí no solo sudas, sino que la pasas bien.

En el trabajo ocurre algo parecido. No se trata solo de cumplir tareas y asistir a reuniones, sino de con quién compartes esas horas del día. Porque sí, un equipo que se lleva bien hace que todo fluya distinto. Están los que siempre tienen un chiste para romper el hielo, los que traen galletas sin motivo, los que te sacan de la pantalla para recordarte que hay vida más allá de tu computador. Un grupo así te da más que un espacio laboral: te da un ambiente donde es más fácil crecer, aprender y hasta equivocarte sin sentir que se acaba el mundo.

Y luego están esos otros espacios donde la magia ocurre, donde compartes intereses que van más allá del trabajo o el gimnasio, aquellos espacios con los que conectas con tu esencia, con ese lado emocional en el que no te juzgan, solo te acompañan y ayudan. ¿A cuáles me refiero? Por ejemplo, en las clases de teatro: no solo memorizas líneas o juegas con el movimiento, sino que confías en el otro, te lanzas sin miedo porque sabes que alguien estará ahí para seguirte el juego. Es un lugar donde aprendes a soltar y, de paso, te llevas amistades que entienden lo que es reírse hasta las lágrimas en un intento de representar o ser alguien más.

Ocurre también cuando pintas. Lo importante no es si está bonito o no, o si le gusta a los demás, sino lo que compartes. Esas pausas entre pinceladas donde alguien comenta “me encanta cómo te quedó eso” y, sin darte cuenta, te das permiso de creer en tu propio talento.

Porque eso hacen estos grupos. No solo son lugares donde vas a hacer algo, sino espacios donde creces sin darte cuenta. Donde te ríes, te motivas, aprendes, te impulsas. Donde un día llegaste solo y, sin darte cuenta, terminaste siendo parte de algo más grande.

Y lo mejor es que estos grupos están en todas partes. A veces ya los tienes y solo necesitas disfrutarlos más. Otras veces hay que salir a buscarlos, probar, cambiar, hasta encontrar ese lugar donde todo se siente más fácil, más emocionante, más vivo.

Así que si aún no tienes el tuyo… ¡anímate a buscarlo! Porque cuando encuentras a los tuyos, la vida se llena de energía, y todo, absolutamente todo, se siente mejor.

Un último sorbo a mi aza de café, y voy camino a buscar «a mi tribu» 😉

La Vane…y su café

29.- Cuestión de actitud

  • “Haz de cada día una aventura que valga la pena recordar.”
  • “La vida no se mide en tiempo, sino en momentos que te dejan sin aliento.”
  • “La vida es un viaje, disfruta cada paso del camino.”
  • “No cuentes los días, haz que los días cuenten.”
  • “La felicidad está en el camino, no en el destino.”

Diariamente nos rodean frases motivacionales que, aunque bienintencionadas, a menudo suenan repetitivas. Confieso que, en algún momento, las veía con escepticismo, incluso fastidio. ¿En qué mundo viven estas personas? me preguntaba. Pero, en el fondo, siempre he sido esa persona positiva que anima a otros, la porrista de la vida. Y aunque he vivido momentos oscuros, con caídas y dudas, mi naturaleza siempre me empuja a encontrar luz.

Esta reflexión nació de algo que observé en el gimnasio, durante mi clase favorita: la zumba. Para mí, la zumba es más que ejercicio: es una fiesta sin etiquetas, con ropa cómoda, sin maquillaje y pura libertad. Me gusta colocarme frente al espejo, no por vanidad, sino porque me permite perfeccionar mis movimientos y observar el ambiente. Allí es donde noto los matices: las emociones, las actitudes, el lenguaje silencioso de quienes comparten la clase.

Ese día, vi a dos alumnas nuevas, enfrentando el desafío de su primera clase:

La primera se ubicó detrás de mí. Desde el principio, su incomodidad era evidente. No lograba coordinar los pasos, y la frustración se reflejaba en su rostro tenso. Su cuerpo se movía sin energía, sin alegría, y su presencia chocaba con la vibra de la clase. Finalmente, se retiró antes de terminar, visiblemente molesta.

La segunda mujer, en cambio, estaba al fondo. Tampoco podía seguir la coreografía, pero su actitud era diferente: ¡se reía de sí misma! Cada error era motivo de carcajadas, y su torpeza parecía una excusa para divertirse más. No importaba que sus pasos no fueran perfectos; lo importante era que ella se entregaba a la experiencia. Su sonrisa genuina era una celebración de su valentía, y permaneció hasta el final, bailando con el alma.

Estas dos mujeres me hicieron pensar en la vida misma. Una misma situación, dos actitudes, dos resultados completamente distintos. Me di cuenta de que no es la habilidad, sino la perspectiva, la que define nuestra experiencia. En la vida, como en la zumba, no se trata de ejecutar cada paso a la perfección, sino de atreverse a sentir, a equivocarse y a seguir bailando.

¿Cuántas veces nos hemos rendido, ante la incomodidad de lo desconocido? ¿Y cuántas veces hemos permitido que la risa, nos conecte con el verdadero propósito: disfrutar del proceso?

La vida no premia a quien no comete errores, sino a quien persiste a pesar de ellos. La verdadera maestría no está en saber todos los pasos, sino en atreverse a danzarlos, incluso cuando no se tiene el ritmo. Las caídas y los tropiezos son inevitables, pero nuestra actitud es una elección.

Así que, la próxima vez que la vida te saque a la pista de baile, pregúntate: ¿quieres ser quien se rinde o quien se ríe y sigue bailando? Porque, al final, no se trata de ser perfecta… se trata de sentir la música.

Y tú, ¿Cómo decides bailar la vida?

Terminando el último sorbo de café, estoy lista para mi clase de zumba 😉

La Vane…y su café.

28.- ¿A quién eliges?

Siempre he creído que estar para los demás es una de las cosas más bonitas que uno puede hacer. Lo he visto en mis padres y crecí siempre muy orgullosa de ellos por eso: siempre dispuestos a ayudar a los demás. Escuchar, acompañar, dar una mano cuando alguien la necesita. No porque esperemos algo a cambio, sino porque nos nace, porque así somos.

Pero un día me di cuenta de que en la ecuación me había olvidado de alguien: yo.

No sé en qué momento pasó, pero ahí estaba. Mi agenda llena de compromisos con otros, mis planes siempre esperando «el momento adecuado», mis sueños pospuestos porque había algo «más urgente». Hasta que un día me pregunté: ¿Cuándo me tocaba a mí?

Porque qué curioso es esto de la vida: nos enseñan que dar es maravilloso (y lo es), pero pocas veces nos recuerdan que también es válido darnos a nosotros mismos. Que no es egoísmo decir «hoy no puedo», «hoy necesito tiempo para mí», «hoy decido por mí». Que elegirnos no es una traición a nadie, es un acto de amor propio.

El problema es que la costumbre pesa. Cuando siempre has sido la que está para todos, la que resuelve, la que escucha, la que acomoda su tiempo y sus planes, la que se preocupa… cuando un día decides decir «no», el mundo se sorprende. Algunos lo entenderán, otros quizá se incomoden, pero la verdadera pregunta no es qué pensarán los demás, sino qué piensas tú.

Porque, dime, ¿cuántas veces te has quedado en silencio porque no querías incomodar? ¿Cuántas veces has dicho “sí” cuando en realidad querías decir “no”? ¿Cuántas veces has sentido que das, das y das, pero cuando tú necesitas, la respuesta es el eco de tu propia voz?

Y ojo, esto no se trata de reproches ni de pasar facturas. No se trata de que ahora midamos con una balanza lo que hemos dado y lo que hemos recibido. Se trata de darnos cuenta de que no podemos pasarnos la vida esperando que los demás nos den lo que solo nosotros podemos darnos.

Yo no quiero dejar de ser generosa y es más, mi enfoque de vida lo estoy llevando a eso: a seguir ayudando a los demás, pero también quiero ser generosa conmigo. Si he pasado años apoyando sueños ajenos, tal vez ya es momento de darle un empujón a los míos. Si he estado disponible para todos, tal vez ya es momento de estar disponible para mí. No porque quiera alejarme, sino porque necesito acercarme.

Porque si nosotros no nos elegimos, ¿quién lo hará?

Así que hoy me elijo. Me elijo sin culpa, sin explicaciones, sin miedo a decepcionar. Me elijo porque también merezco estar en mi lista de prioridades. Porque no se puede dar con las manos vacías, y quiero que lo que ofrezca al mundo sea desde la plenitud, no desde la fatiga.

Y tú, ¿Cuándo fue la última vez que te elegiste?

Hoy elijo tomarme un café pausada, sin prisa, con tiempo sólo para mí…

La Vane…y su café

27.- Pensando bonito

Hay algo mágico en la forma en que decidimos ver el mundo. No es casualidad que cuando levantamos la cabeza, respiramos hondo y caminamos con determinación, algo dentro de nosotros cambia. La ciencia lo confirma: nuestra postura afecta nuestra mente, y nuestra mente moldea nuestra realidad.

Debo agradecer por un 2024 que me acercó a personas maravillosas, cada una con un punto de vista y una forma de pensar tan diferente y especial a la vez, que realmente me inspiraron. Desde formas de ver la vida, de cómo alcanzar el equilibrio, de cómo ver el mundo a través de los ojos de otros, hasta trabajar con el objetivo de buscar el bien de los demás. Fue un año mágicamente inspirador: reaprendí a observar, a sentir, a conectarme conmigo misma y con los demás.

Para este 2025 decidí probar nuevas cosas: desde conectarme con lo natural y ancestral hasta aplicar la reprogramación mental a través de hipnosis y explorar los saltos cuánticos, además de retomar muchas de las actividades que eran (y son) parte de mis sueños y mis objetivos de vida. Todo con la intención de «descubrir» o quizás «redescubrir» mi camino.

Practiqué y sigo practicando varias cosas. Cerré el 2024 con un ritual de limpieza y de florecimiento que, además de conectarme con la naturaleza y nuestros ancestros, me unió con mujeres maravillosas, todas buscando respuestas en sus vidas. Cada una llegó con un objetivo distinto, cargadas de experiencias tanto positivas como negativas. Hubo lágrimas de tristeza por los cierres y por lo que hay que dejar ir, pero también muchas risas, cariño y apoyo entre todas. Formamos un círculo mágico de esperanza, y la energía que se sintió en ese momento fue tan especial que solo podíamos confirmar que el ritual había surtido efecto.

¿Les he contado que empecé a meditar? Controlar la mente es tan difícil. Siempre escuchamos sobre su poder, pero no somos realmente conscientes de lo inmensamente fuerte que es. Es como si fuese un ente independiente, y hay que aprender a dominarlo. Controlar pensamientos negativos e intrusivos… ¿Cómo es posible que los pensamientos puedan ser más fuertes que nosotros, si son parte de nosotros? (Sí, es algo enredado, ¿no?). Entender el pensamiento y, sobre todo, aprender a controlarlo, se vuelve un reto y un desafío constante. Para ello, me ayudo de audios y hasta de hipnosis mientras duermo. Es increíble cómo, poco a poco, puedes ir reprogramando tu mente y hasta dominarla cuando sientes que flaqueas.

No está de más mencionar el equilibrio físico: simplemente caminar erguido y mirando siempre hacia adelante, en lugar de hacia abajo, envía señales a tu cerebro sobre cómo te sientes. Y esas señales determinan cómo te acompañará tu energía durante el día… o por más tiempo. Y no olvidar la actividad física, que mágicamente va ordenando tus ideas cuando la practicas (además de los beneficios directos en tu salud).

Ahora, si le sumamos un poco de simbolismo, la historia se pone aún más interesante. Soy Acuario, y estamos en la Era de Acuario. Soy Serpiente, y justo entramos en un ciclo de la Serpiente. ¿Casualidad? Tal vez. ¿Oportunidad? Definitivamente.

¿Y ahora, qué hacemos con todo esto?

Los rituales de limpieza y atracción de lo positivo existen en todas las culturas. Desde las flores frescas que algunos dejan en la entrada de su casa para renovar la energía, hasta el incienso que se quema para purificar el ambiente. Todo parte de la misma premisa: liberar lo que no nos sirve y abrir espacio para lo que sí.

Ver el lado positivo no significa negar lo que duele o ignorar lo difícil. Es más bien un entrenamiento mental, un hábito que cambia la forma en que interpretamos lo que nos pasa.

Pensar en positivo es una especie de reprogramación, y cualquier método que uses tendrá un impacto positivo. ¿Cuáles puedo recomendar? Aquí van algunos:

Siempre cabeza en alto y la mirada al frente

Caminar con la cabeza erguida no solo comunica confianza, sino que también impacta en nuestro estado de ánimo. Un estudio de la Universidad de Auckland encontró que las personas que caminan con la cabeza levantada y los hombros hacia atrás experimentan menos pensamientos negativos que aquellas que van encorvadas.

Reescribe tu historia: tu narrativa es lo que eres y serás

Hay dos maneras de contar una misma historia. ¿Te tocó un desafío difícil? Puedes verlo como un obstáculo o como una oportunidad de aprender. Nuestro cerebro se acostumbra a las palabras que usamos. Así que si repites «esto es una oportunidad», tarde o temprano lo creerás.

Una limpieza simbólica

En muchas culturas, las flores representan la renovación. Un ramo fresco en casa, un baño con pétalos o incluso visualizar flores abriéndose en tu mente pueden ser símbolos poderosos de apertura y crecimiento.

Acción con intención

Pensar positivo es un primer paso, pero movernos en coherencia con ese pensamiento es lo que realmente transforma. No se trata solo de creer que algo bueno viene, sino de actuar en consecuencia: hacer la llamada, tomar el curso, dar el primer paso.

¿Crees en las señales?

Acuario es un signo de aire, innovador, rebelde, un poco visionario. La Serpiente de Madera es flexible, sabia, intuitiva. Ambas energías hablan de adaptación y transformación. Tal vez por eso este año es una invitación a confiar en el proceso, a movernos con fluidez y a ver oportunidades donde antes solo veíamos problemas.

Si la energía de los astros, los signos o las pequeñas señales nos ayudan a recordar que podemos elegir cómo vivir nuestra realidad, entonces ¿por qué no usarlas a nuestro favor? A veces, aparecen de las formas más inesperadas: un picaflor volando en un piso 15, una mariposa que se cruza en plena reunión de trabajo. ¿Para ti serían señales? Para mí, son pequeños mensajes que me recuerdan que siempre hay algo mágico y que debo seguir pensando bonito ;)»

Hoy es un buen día para levantar la cabeza, llenar la casa de flores (o admirarlas en algún jardín) y caminar con intención. Porque el positivismo no solo te hace sentir bien: te abre puertas, te mueve y, en el momento justo, te muestra que la oportunidad siempre estuvo ahí, esperando que la veas.

Y qué mejor forma de comenzar este bonito y positivo día que con mi taza de café llena de buena vibra.

La Vane..y su café.

26.- Rompiendo la taza

En una de las dinámicas del taller de teatro en el que participo, nos dieron el reto de representar una acción –sin palabras– que demostrase algún sentimiento que hayamos vivido, a modo de interiorizarlo y tratar de transmitirlo para que el resto del grupo lo reconociera.

La primera idea que se me vino a la mente fue “tomar una taza de café”, que, como ustedes saben, esa primera taza de café me conecta con emociones especiales y reflexivas.

Pero algo pasó mientras representaba esta acción: “preparé” dos tazas de café, a modo de rutina, y, ante una frenada de reflexión, solo se me ocurrió soltar una de ellas, dejándola caer al vacío y, al mismo tiempo, sintiendo una gran liberación.

A veces, la vida nos pone frente a esos pequeños rituales que, sin darnos cuenta, se convierten en costumbres tan arraigadas que parecen formar parte de quienes somos. Por mucho tiempo, yo preparaba dos tazas de café cada mañana. Era un gesto tan automático que no necesitaba pensarlo. Una taza era para mí, la otra… para alguien más o quizás para algo que ya no estaba ahí.

El día que me di cuenta de que ya no tenía que preparar dos tazas fue como si, de pronto, el mundo se pausara por un segundo y recién viera mi vida. Miré esas dos tazas y sentí el peso de un hábito que ya no tenía sentido. Ese día, rompí la taza. No literalmente, claro. Simplemente decidí que solo iba a preparar una.

Romper la taza es más que un gesto. Es un acto de liberación. Es decirle adiós a algo que ya no encaja en nuestra vida. Es aceptar que algunas cosas cambian y que está bien que así sea. No significa negar el pasado ni olvidar lo que nos trajo hasta aquí. Al contrario, es abrazar nuestra historia, aprender de ella y elegir conscientemente lo que queremos llevar con nosotros a partir de ahora.

Hay algo profundamente sanador en dejar atrás aquello que ya no nos sirve. Romper la taza significa avanzar, aunque dé miedo, aunque duela un poco. Es reconocer que, aunque no podemos controlar todo, sí podemos decidir cómo respondemos a los cambios.

Tal vez para ti, romper la taza no tenga nada que ver con café. Tal vez sea dejar de escuchar esa canción que te hacía llorar. Tal vez sea decir “no” cuando siempre decías “sí”. Tal vez sea salir a caminar por un camino diferente o regalar ese objeto que ya no te llena de alegría.

Romper la taza es un recordatorio de que somos capaces de construir algo nuevo, de tomar decisiones que nos acerquen a quienes queremos ser. Es entender que, al cerrar etapas, nos abrimos a posibilidades que antes no podíamos imaginar.

Así que, si hay algo que sientes que ya no tiene lugar en tu vida, pregúntate: ¿qué pasaría si lo dejas ir? ¿Qué pasaría si rompes la taza?

Tal vez descubras que, al hacerlo, hay espacio para una nueva versión de ti. Una que se sienta más ligera, más libre, más en paz.

Hoy, mi taza de café es solo una. Y sabe mejor que nunca.

La Vane…y su café