«Frère Jacques, Frère Jacques,
Dormez-vous? Dormez-vous…«
Hay momentos que quedan grabados en nuestra memoria para siempre; recuerdos y personas que, sin saber cómo ni por qué, regresan de pronto a tu mente con recuerdos que tenías guardados en lo más profundo de ti. Vienen aromas, sensaciones y experiencias, y es como si de repente volvieras a vivirlo y sintieras ese espacio especial y reconfortante que te llena de emociones y felicidad.
Hoy quiero hablarles de mi «Chinita». En realidad, es mi abuelita, la mamá de mi mami. Ella sigue viviendo por siempre en mi corazón, y pienso en ella mucho más de lo que todos creen. Nunca llegué a entender por qué le decía así, nunca le llamé «abuelita», siempre fue simplemente «mi Chinita».
Les confieso que tengo bloqueada en mi mente la hora, el día, el mes y el año en que ella partió. No lo hago por indiferencia o desinterés, sino porque es la forma que tengo de sentir que esa persona, que significó mucho en mi vida, siempre estará a mi lado. Mi Chinita sigue a mi lado, y la siento con cada recuerdo y costumbre que me regaló.
Tengo miles de momentos con ella; tuve una infancia muy privilegiada, ya que tuve a mis cuatro abuelos e incluso bisabuelos (siempre me sentí muy afortunada por eso). De todos ellos les hablaré en otro momento, pero esta vez quiero centrarme en «mi Chinita».
La recuerdo diciéndome «gatita», quizás porque mis ojos le recordaban a un gato, o también me decía: «ojo de uva». Me gustaba que me llamara de ambas formas, y aún recuerdo el tono de su voz al hacerlo.
La recuerdo en su ritual matutino, que tengo muy grabado en mi mente. Se despertaba temprano, quizás a las 6 a.m. o incluso antes. Sacaba a pasear a sus perros (no recuerdo si iban con correa o caminaban solos; es la primera vez que intento recordarlo, pero no me viene a la memoria). Yo tendría unos 6 o 7 años, quizás menos, y a menudo me despertaba para acompañarla. Sentir el aire frío en mi rostro a esa hora, casi solas en la calle, caminábamos una o dos cuadras.
La recuerdo cuando cruzábamos por una casa que tenía muchos jazmines y cómo me enseñaba a apreciar su aroma (era magia pura). Llegábamos a una casona que para mí parecía sacada de un cuento de hadas, donde veía todos sus rosales en plena floración, de muchos colores, todos perfectos, al igual que esa casa de cuento de hadas. A menudo, un gatito negro parecía saludarla diariamente, como si estuviera esperando su caricia matutina.
La recuerdo silbando a los pajaritos, disfrutando de su canto.
La recuerdo cuando regresábamos a casa; ella tomaba la manguera de agua y regaba su hermoso jardín lleno de árboles frutales y flores. Les hablaba a sus plantas y les cantaba. Yo la miraba desde la ventana del dormitorio y disfrutaba de ese momento. Aún siento el aire frío en mi cara, el sonido del agua cayendo de la manguera y tocando el jardín, el aroma a pasto recién regado, tan especial. La veo cantando y hasta bailando sola al ritmo de sus boleros. Ella también bailaba, pero siempre en la intimidad de su hogar.
La recuerdo con el cabello mojado después de salir de la ducha, sentada en su tocador marrón y desgastado, con un gran espejo. Tenía un frasco de agua mineral «San Mateo» (en esa época era exclusiva, hoy en día es una botella de agua común) con pétalos de rosas rojas, los cuales remojaba en esa agua y se los aplicaba en el rostro. Recuerdo el aroma de la crema «Nivea» en su gigantesca lata azul que se aplicaba todos los días, para mí era una poción mágica de belleza.
La recuerdo en la cocina, preparando grandes almuerzos de domingo para la familia. Eran esos momentos en los que veía la mesa llena de gente, como siempre soñé que fuera. Sus platos servidos parecían tener comida para toda una semana, pero de alguna manera siempre me las arreglaba para terminarlos.
La recuerdo cantándome una canción en francés:
«Frère Jacques, Frère Jacques,
Dormez-vous? Dormez-vous?
Sonnez les matines! Sonnez les matines!
Din, dan, don. Din, dan, don.»
La recuerdo llorando a escondidas, no sé por qué, o tal vez sí lo sabía, pero nunca me atreví a preguntar. Quizás porque en mi mente, las «abuelitas siempre son felices», un concepto que proviene de todos los estímulos que nos rodean.
La recuerdo riendo, caminando, cosiendo, en el teatro, en el cine, en los muchos paseos que hacíamos juntas.
La recuerdo cuando comíamos a escondidas una lata entera de duraznos en conserva, encerradas en su dormitorio para no invitarle a nadie.
La recuerdo en nuestra última conversación. Para darle tranquilidad, le canté esa canción en francés, con la esperanza de transmitirle la alegría y la paz que me daba cada vez que ella me la cantaba.
Hoy…
La recuerdo con cada aroma a jazmines.
La recuerdo con cada canto de los pájaros.
La recuerdo con cada olor a jardín recién regado.
La recuerdo con cada bolero.
La recuerdo, siempre la recuerdo.
«Sonnez les matines! Sonnez les matines!
Din, dan, don. Din, dan, don…»
Doy un sorbo a mi café ya frío; es la señal de que es hora de terminar este relato…
La Vane… y su café.
vanessa@lavaneysucafe.com
🥰🥰🌹🌹🥀🥀
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