Los desayunos de domingo siempre han sido y son especiales. Ese día, la cocina se viste de fiesta y saca a relucir sus mejores platos.
Nos despertamos todos muy temprano, en contraposición a muchas familias. Para nosotros, el domingo no es pretexto para dormir más tiempo del habitual. Al contrario, es un día familiar y hay que aprovecharlo al máximo.
Desde mi habitación, con mamá en la cocina, se escuchan sonidos familiares: el ruido del estante de las ollas al cerrarse, el tintineo de los utensilios de cocina al chocar entre ellos y, con el tiempo, hasta aprendes a reconocer el sonido de la puerta del refrigerador al abrirse y cerrarse.
De pronto, esa sinfonía se mezcla con un aroma irresistible: el café que se prepara en la cafetera, marcando el inicio de esta mágica experiencia dominguera.
Ese aroma te invita a acercarte corriendo para ayudarla. Escuchas un “tac, tac, tac” y descubres sobre la tabla de picar una variedad de colores y olores que presagian algo delicioso en camino.
Al escribir esto, recuerdo nuestras visitas al norte, a casa de mis abuelitos paternos. Ambos se levantaban temprano y esos sonidos y olores de un típico desayuno norteño —tamalitos verdes, seco de chavelo, carne seca frita— me vienen a la mente. Y siempre estaba presente el inigualable café de mi abuelita. Por más que intentáramos replicarlo con la misma marca y cafetera, nunca sabía igual. Mi abuelita tenía un toque mágico que jamás reveló.
Volviendo a nuestros especiales desayunos de domingos: Mi papá se encarga del jugo, mientras yo ayudo pasándole algunos ingredientes o guardando utensilios ya usados. Todos nos integramos en este mágico ritual.
No ponemos música, pero el televisor, siempre sintonizado en un programa matinal dominical, murmura en el fondo, añadiendo su nota a este concierto matutino.
En casa somos solo tres: papá, mamá y yo. Aunque somos una familia pequeña, el ambiente se siente lleno de risas y alegría. Escucho a mamá regañarnos juguetonamente por «robar» algunos ingredientes picados mientras mi papá y yo nos reímos a carcajadas.
El horno ya está encendido para calentar los panes. Y en la sartén, el aceite burbujea en anticipación.
¿Qué se preparará hoy? : El aroma del ajo invade la casa, seguido del sonido de la cebolla al freírse y, finalmente, ¡la carne! ¡Hoy toca lomito al jugo!, mamá le añade su «puntito verde» y ese toque secreto que lo convierte en un platillo inigualable.
La mesa está lista, con todo lo necesario para este festín. El protagonista, aparte de la comida, es el amor y la compañía de mis padres. Estos domingos son verdaderamente mágicos, culminando con charlas amenas, risas y mucho amor.
Cuando era adolescente, renegaba de tener que despertarme temprano en domingo. Pero ahora, como adulta, agradezco a mis padres por enseñarme a valorar esos momentos en familia.
Estos instantes mágicos son la verdadera esencia de la familia. Ya sea durante un desayuno o cualquier otra tradición, es vital mantenerlos vivos. No importa el platillo, desde lo más simple y sencillo o hasta el platillo más elaborado, lo que cuenta es la compañía y el cariño con el que se vive.
Estos rituales son la verdadera herencia familiar, los que llevamos con nosotros y pasamos a futuras generaciones.
Y tú, ¿qué tradiciones tienes en tu familia? ¿Eres parte de esos momentos mágicos? ¿Has iniciado alguno? ¿Qué tal si propones una nueva actividad y comienzan a practicarla?, desde algo tan simple como cambiar el lugar de ese desayuno o decorar distinto el ambiente o tal vez algo de música: lo importante es hacerlo especial, diferente y que marque lo especial de ese momento.
Termino mi último sorbo de café y me voy directo a la cocina…¿que haremos hoy para el desayuno? 😉
La vane…y su café