18.- El “subibaja”

Aquellos que pertenecen a mi generación saben que no había mayor placer que ir a un parque que tuviese columpios (los llamábamos de forma general para referirnos a cualquier juego metálico que nos pudiera ofrecer una gran aventura): resbaladera, columpio, pasamanos, y el tan esperado sube y baja que, de forma breve, le decíamos “subibaja”. La mayoría de las veces, estos juegos estaban despintados, hechos de metal oxidado y hasta con huecos (cuántos raspones me gané en la resbaladera llena de huecos). Encontrar “columpios” nuevos era realmente un lujo.

Uno de mis juegos preferidos era (o mejor dicho, es) el subibaja. Los encontraba desde los más pequeños (que, a lo mucho, subían hasta 1 metro de alto) no me daban esa sensación de aventura, pero aquellos que podían llegar hasta los 2.5 metros eran entre los mejores.

Recuerdo vagamente algunos juegos con una amiga, divirtiéndonos e inventándonos nuevas formas de jugar y hasta con aventuras inventadas: fui princesa secuestrada, príncipe salvador o hasta el «malo de la película» que secuestraba a la víctima manteniendo a la otra persona en el aire. Siempre acompañada de gritos, risas y también algunos raspones.

¿Y si tomamos esta experiencia del subibaja y hacemos un simil con la vida? ¿que podríamos encontrar?

Veamos:

1.- Cuando encuentras a alguien con quien puedes hacer el equilibrio perfecto, nos podría enseñar sobre la armonía y la cooperación. Cuando todo parece balancearse con precisión, nos damos cuenta de que el apoyo mutuo puede mantenernos en un estado de equilibrio gratificante. Sin embargo, así como en el juego, este equilibrio es efímero y requiere esfuerzo y comunicación constante para sostenerse.

2.- Cuando no encuentras a nadie con quien jugar . Te sientas en un extremo, esperando a que alguien se una a ti en el otro lado, pero el asiento opuesto permanece vacío. Acá lo podemos comparar con esos momentos de soledad o independencia en nuestra vida, donde debemos aprender a impulsarnos por nosotros mismos, encontrando maneras de elevarnos sin depender de otros.

3.- Cuando no encuentras a la persona con quien hacer el equilibrio que te permita jugar. Puede ser por tamaño, estilos o cómo quieres jugar ese momento y no se logra un equilibrio, la experiencia puede sentirse unilateral o incluso estancada. Me atrevería a decir que esto nos enseña la importancia de la adaptación y la búsqueda de puntos medios donde, a pesar de nuestras diferencias, podemos encontrar maneras de balancear nuestras relaciones y situaciones para el beneficio mutuo.

Así como en el subibaja, la vida está llena de altibajos, de momentos de compañerismo y de soledad. Cada experiencia, ya sea compartida o enfrentada en solitario, nos moldea y enseña.

La clave está en aprender a encontrar el equilibrio, a disfrutar el viaje y a valorar a aquellos con quienes compartimos nuestros momentos más altos y bajos. Al final, lo que realmente importa es cómo enfrentamos estos cambios, cómo nos adaptamos y cómo seguimos adelante, siempre listos para el próximo ciclo de subidas y bajadas.

En el juego de la vida, al igual que en el subibaja, cada empuje hacia abajo tiene el potencial de elevarnos aún más alto, siempre que estemos dispuestos a enfrentar el desafío y aprender de cada caída.

¡Cada día me convenzo más de que la vida te regala tantos matices y formas de aprender, que solo debes estar atento y aprender cada día de ella!

¿Vamos por otro café? 😉

La Vane…y su café.

17.- «No pota mami, no pota»

¿Te llamó la atención este título? O quizás, ¿puedes relacionarlo con algo de tu vida? Para darte, quizás, un poco de contexto, te contaré la historia de una niña, de unos 3 años (eso creo y asumo porque no pronunciaba bien las palabras), a la que le enseñaron a “no asustarse” cuando algo se rompía.

Sí, les hablo de mí, cuando tenía esa edad –y hasta ahora– puedo decir que siempre he sido un tanto atolondrada/hiperactiva, donde la curiosidad y la sana travesura siempre estuvieron presentes.

Como consecuencia de esta innata curiosidad y mi gran parte atolondrada, el tomar las cosas prohibidas –entiéndase como los hermosos y mágicos adornos de cristal– era muy a menudo y casi siempre a escondidas, simplemente para admirarlas entre mis manos.

También cabe decir, que mis “dedos de mantequilla” ocasionaron que más de uno cayera de mis manos… sonando estrepitosamente contra el suelo un “craaaashhhh” y el bello adorno, terminaba hecho añicos.

Como era de esperarse, el sonido, el miedo de que me fueran a llamar la atención y el haber roto tan llamativo objeto, lograban que tuviese una mezcla de miedo, pena, incertidumbre de: ¿y ahora qué se hace?, con unas incontrolables ganas de llorar.

A fin de calmarme, mi “Chinita” (como recordarán, es mi abuelita, mamá de mi mamá), me decía muy tranquila: “No importa, gatita, no importa”, acompañado de un gesto con la mano que me daba a entender que era algo sin importancia hasta que me calmaba y todos mis temores pasaban.

Como buena alumna que soy, aprendí rápidamente la frase que me daba a entender que esos bellos adornos no eran importantes, y la interioricé rápidamente.

Tan buena alumna fui, que, desde esa vez, cada vez que rompía un adorno (claro, ya no tenía el cuidado extremo al agarrarlo porque ya sabía que “no importaba”) simplemente le decía a mi mamá: “No pota, mami, no pota”, según yo, para calmarla y decirle que el haber roto YO el adorno no era importante.

Hoy nos reímos de la anécdota y de la facilidad con la que lo decía, siendo esa frase para mí un “permiso implícito” para tomar cualquier adorno “prohibido”.

Me pongo a pensar en cuántos recuerdos, regalos con un significado especial, o simplemente ese adorno deseado para decorar la casa se cayeron de mis manos, y yo, siempre tratando de calmarlo con mi frase cual coro de canción de moda: “No pota, mami, no pota”.

Es increíble cómo los momentos que parecen triviales o cotidianos pueden tener un gran impacto en nuestra formación y en los lazos que tejemos con nuestros seres queridos. Estos momentos, aunque pequeños, forman la esencia de nuestras memorias más preciadas y nos enseñan lecciones valiosas sobre la importancia de la paciencia, la comprensión y el amor incondicional.

¿Y tú? ¿Recuerdas alguna frase que usabas de pequeño o anécdota que hasta el día de hoy provoque risas en las conversaciones familiares?, ¿cómo esa frase o anécdota crees que pueda haber impactado en tu vida adulta? ¿o quizás como trascendió con las personas que te rodean?.

Voy por mi segunda taza de café…mientras espero tus historias ;)

La Vane…y su café.