22.- ¿Sabes caer?

Temprano caminaba por un hermoso parque, disfrutando cada paso que daba y viendo a la gente a mi alrededor: personas haciendo deporte, algunas —al parecer— cosechando la energía del sol (vi a 3 personas paradas, mirando hacia el sol y con una posición de manos que me hacía pensar que se conectaban con él… ¡espero hoy enterarme de qué hacen y luego les cuento! 😉), varias paseando a sus perros y varios paseadores de perros (ese trabajo debe ser el paraíso, ¿no? ¡Tendré que intentarlo alguna vez!), y, como no podía faltar, niños jugando.

Hubo un grupo que me llamó la atención: niños que, al parecer, estaban con algún profesor de deportes, haciendo algún tipo de entrenamiento. Al principio, en una de mis tantas vueltas por el parque, solo los veía ponerse en posición de semicuclillas y nada más.

A la siguiente vuelta, estos niños ya tenían un casco, rodilleras y coderas… pero seguían haciendo algunas posturas raras, todavía de pie, hasta que lo comprendí todo:


¡ESTABAN APRENDIENDO A CAER!

Para ponerlos en contexto: a estos peques les estaban enseñando a patinar, y una de las primeras lecciones era cómo deben caer: en cuclillas, manos adelante para proteger la cara, y repetirlo muchas veces (hasta a mí me dolían las manos de solo imaginar tantas caídas sobre el cemento del parque, casi lanzándose “cual paquete” para aprender a caer y no hacerse más daño que un “simple” raspón en las manos).

Hoy me pongo a pensar: ¿cuántas veces nos “entrenan” para saber caer?

Creo que es la primera vez que soy consciente de lo que significa “aprender a caer” y minimizar el dolor. Ojo, minimizar, porque si caes, algún golpecito o tirón vas a sentir; acá lo importante es reducir el daño.

De niños, solo queremos seguir jugando y, por más veces que nos caigamos, no interiorizamos la importancia de aprender a hacerlo: lo evitamos. O, si es algo que nos encanta, buscamos ayuda para que nos enseñen… O, en el otro extremo, aprendemos a caer de manera instintiva para que “duela menos”, casi sin darnos cuenta, y ese mismo dolor se vuelve un estímulo para mejorar (si de verdad nos interesa).

Pero, ¿qué pasa cuando crecemos? Cuando el dolor deja de ser físico —y fácil de remediar con un abrazo de mamá, una cremita o una simple sacudida— y se convierte en un dolor emocional, ese que no suele enseñarse a manejar. Un golpe emocional puede inmovilizarnos por días, dependiendo de nuestra situación, nuestro pasado o nuestro momento actual.

Y es que este tipo de “golpe” suele ser el más difícil de afrontar, porque no hay una receta fija: cada persona es distinta y no funciona simplemente “ponerse compresas frías”, “tomar un analgésico” o escuchar el clásico “sana sana, colita de rana…” (¿lo recuerdan?).

¿Qué hacer entonces? Una vez más, no tengo la respuesta exacta, pero sé lo que a mí me ayuda:

  • Meditar: me sirve para liberar la mente de pensamientos intrusivos y negativos que me desvían de mi objetivo.
  • Escuchar música: de esa que te llena el alma; en mi caso, la de violines y chelos, porque me conecta con mi esencia.
  • Actividad física: ayuda a ordenar pensamientos y ver las cosas desde otra perspectiva.
  • Hacer lo que disfrutas: reconéctate contigo mismo, con tu esencia, con tu vibra.
  • Conversar con personas cercanas / queridas de confianza: en mi caso es mi mamá, mi mejor amiga y mi psicóloga.
  • Y lo más importante: entender lo sucedido, aprender de tus errores y, si cabe, de los errores de quienes también estuvieron involucrados. Acéptalos y mejora.

Hay muchas otras herramientas, pero estas son las que más utilizo. Al final, cada experiencia debería impulsarnos a mejorar.

A veces nos hundimos (y vaya que sin darnos cuenta), pero depende de nosotros mismos salir adelante,

¡Es solo un golpe más, una sacudida y listo!

Ahora sí, me declaro lista para la aventura del día, con mi taza de café y el coro de una canción que, casi como un juego, se volvió mi gran alentador:

“Pa’ que me curen el corazón
Hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol
Está bien no sentirse bien, es normal, no es delito
Estoy viva, más na’ necesito
Y mientras me curo del corazón
Hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol
Está bien no sentirse bien, es normal, no es delito
Y mañana será más bonito.”

La Vane…y su café.

21.- Lecciones desde el cajón de las medias

Hoy es uno de esos días en los que las emociones se cruzan con las actividades sociales y domésticas, despertando unas extrañas ganas de poner orden en las cosas (extraña en mi, porque los que me conocen saben que no soy fanática de las tareas del hogar – excepto cocinar).


Así que decidí que mi objetivo del día sería: ¡emparejar las medias!

No me pregunten por qué, pero mis medias parecen tener vida propia (y con la ayuda de una traviesa perrita que tiene como «ritual» robarme de uno a tres pares al día, obligándome a perseguirla por toda la casa —historia que ya les contaré en otra oportunidad—, la probabilidad de perderlas es aún mayor).

Estoy acá parada frente al cajón, veo todas las medias, aún desordenadas… Algunas encuentran su par muy rápido, sobre todo las que recién han regresado del lavado. Las otras, en cambio, no tendrán la misma suerte. Pero, como siempre digo: «¡Vamos con fe!».

Imagino que estarán pensando: ¿qué tiene de interesante emparejar medias y más aún perder tiempo escribiendo/leyendo sobre esto? Sin embargo, ¿han considerado que esta simple tarea puede reflejar etapas de nuestras vidas?

Miren su cajón de medias. Si pertenecen al grupo que las tiene todas emparejadas, ¡felicitaciones! Son personas ordenadas, metódicas y con su vida bajo control o con algo de control por lo menos.
Pero muchos de nosotros vivimos con algo de dispersión en el día a día. No siempre nuestras medias están ordenadas ni con el par correcto… ¿van entendiendo hacia dónde quiero llegar?

Estas medias las veo como metáfora de la vida misma:

Veamos las «categorías»:

  • Las medias emparejadas: Representan esos momentos en los que todo fluye a la perfección en tu vida. Te sientes completo, acompañado de quienes amas, con todo lo que necesitas.
  • Las medias estropeadas: A veces, la media tiene arreglo, y con un poco de esfuerzo vuelve a ser funcional. Pero en otras ocasiones, la costura está tan mal hecha o la tela tan desgastada que al usarla, un dedito asoma curiosamente por ahí, recordándote que es hora de dejarla ir. Si vale la pena, intento arreglarla y doy lo mejor de mí para hacerlo. Pero, cuando llega el momento, hay que saber soltar.
  • La media perdida: Esta es la parte más intrigante. No sabes qué pasó ni a dónde fue a parar. ¿Tal vez la lavadora tenga un agujero negro que la transporta a otra dimensión?. En estos casos, no queda más que aceptar. Puedes resignarte y darla por perdida o mantener la esperanza de que regrese. Pero, ¿qué tan sano es mantener esa esperanza? Eso dependerá de cuánto valor tenga esa media para ti. Si fue tu compañera en las más locas aventuras y encajaba perfectamente en tus zapatos favoritos, quizás vale la pena esperar. Pero si era una media promedio, que no aportó algo especial a tu vida o que con el tiempo te vas dando cuenta que era de mala calidad, lo mejor será dejarla ir. No tiene sentido amontonar en el cajón una media dispareja.
  • La media mal zurcida: Aquella que es tan indistinto que se arregle o botarla, que no le metes esfuerzo, solo «cumples» con la media, hasta que ya no da más (También me ha tocado ser esa media. Por más que he puesto todo mi esfuerzo para solucionar las cosas, hay ocasiones en que depende de otra persona, la que sostiene el hilo y la aguja. Si esa persona no quiere hacer un buen trabajo, no queda otra opción más que dejarse ir).

¿Ahora si ves como un simple cajón demedias te puede conectar con la vida?

Así pues, amigos, he tenido (y he sido) todo tipo de medias: pares completos, impares con esperanza de completarse y las que ya no vale la pena conservar.

¿Qué tipo de par de media soy hoy? Se los contaré cuando termine de ordenar mi cajón.

Por lo pronto, estoy feliz de haber regresado. Terminó el tiempo de ser invisible; hoy regreso más fuerte, más decidida y lista para todo.

Un sorbo de café para retomar ánimo…y a emparejar mis medias! 😉

La Vane…y su café