Temprano caminaba por un hermoso parque, disfrutando cada paso que daba y viendo a la gente a mi alrededor: personas haciendo deporte, algunas —al parecer— cosechando la energía del sol (vi a 3 personas paradas, mirando hacia el sol y con una posición de manos que me hacía pensar que se conectaban con él… ¡espero hoy enterarme de qué hacen y luego les cuento! 😉), varias paseando a sus perros y varios paseadores de perros (ese trabajo debe ser el paraíso, ¿no? ¡Tendré que intentarlo alguna vez!), y, como no podía faltar, niños jugando.
Hubo un grupo que me llamó la atención: niños que, al parecer, estaban con algún profesor de deportes, haciendo algún tipo de entrenamiento. Al principio, en una de mis tantas vueltas por el parque, solo los veía ponerse en posición de semicuclillas y nada más.
A la siguiente vuelta, estos niños ya tenían un casco, rodilleras y coderas… pero seguían haciendo algunas posturas raras, todavía de pie, hasta que lo comprendí todo:
¡ESTABAN APRENDIENDO A CAER!
Para ponerlos en contexto: a estos peques les estaban enseñando a patinar, y una de las primeras lecciones era cómo deben caer: en cuclillas, manos adelante para proteger la cara, y repetirlo muchas veces (hasta a mí me dolían las manos de solo imaginar tantas caídas sobre el cemento del parque, casi lanzándose “cual paquete” para aprender a caer y no hacerse más daño que un “simple” raspón en las manos).
Hoy me pongo a pensar: ¿cuántas veces nos “entrenan” para saber caer?
Creo que es la primera vez que soy consciente de lo que significa “aprender a caer” y minimizar el dolor. Ojo, minimizar, porque si caes, algún golpecito o tirón vas a sentir; acá lo importante es reducir el daño.
De niños, solo queremos seguir jugando y, por más veces que nos caigamos, no interiorizamos la importancia de aprender a hacerlo: lo evitamos. O, si es algo que nos encanta, buscamos ayuda para que nos enseñen… O, en el otro extremo, aprendemos a caer de manera instintiva para que “duela menos”, casi sin darnos cuenta, y ese mismo dolor se vuelve un estímulo para mejorar (si de verdad nos interesa).
Pero, ¿qué pasa cuando crecemos? Cuando el dolor deja de ser físico —y fácil de remediar con un abrazo de mamá, una cremita o una simple sacudida— y se convierte en un dolor emocional, ese que no suele enseñarse a manejar. Un golpe emocional puede inmovilizarnos por días, dependiendo de nuestra situación, nuestro pasado o nuestro momento actual.
Y es que este tipo de “golpe” suele ser el más difícil de afrontar, porque no hay una receta fija: cada persona es distinta y no funciona simplemente “ponerse compresas frías”, “tomar un analgésico” o escuchar el clásico “sana sana, colita de rana…” (¿lo recuerdan?).
¿Qué hacer entonces? Una vez más, no tengo la respuesta exacta, pero sé lo que a mí me ayuda:
- Meditar: me sirve para liberar la mente de pensamientos intrusivos y negativos que me desvían de mi objetivo.
- Escuchar música: de esa que te llena el alma; en mi caso, la de violines y chelos, porque me conecta con mi esencia.
- Actividad física: ayuda a ordenar pensamientos y ver las cosas desde otra perspectiva.
- Hacer lo que disfrutas: reconéctate contigo mismo, con tu esencia, con tu vibra.
- Conversar con personas cercanas / queridas de confianza: en mi caso es mi mamá, mi mejor amiga y mi psicóloga.
- Y lo más importante: entender lo sucedido, aprender de tus errores y, si cabe, de los errores de quienes también estuvieron involucrados. Acéptalos y mejora.
Hay muchas otras herramientas, pero estas son las que más utilizo. Al final, cada experiencia debería impulsarnos a mejorar.
A veces nos hundimos (y vaya que sin darnos cuenta), pero depende de nosotros mismos salir adelante,
¡Es solo un golpe más, una sacudida y listo!
Ahora sí, me declaro lista para la aventura del día, con mi taza de café y el coro de una canción que, casi como un juego, se volvió mi gran alentador:
“Pa’ que me curen el corazón
Hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol
Está bien no sentirse bien, es normal, no es delito
Estoy viva, más na’ necesito
Y mientras me curo del corazón
Hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol
Está bien no sentirse bien, es normal, no es delito
Y mañana será más bonito.”
La Vane…y su café.