En mi familia, la comida va mucho más allá de ser solo “alimentos”. Representa preocupación, dedicación, amor y, sobre todo, pensar en los demás. Es demostrar cariño en cada cosa que se prepara, involucra disfrutar, celebrar y, a veces, simplemente dar un poco de uno mismo en cada platillo.
Preparándonos para esta última Navidad en casa, mi mamá hizo su tradicional tarta de origen europeo, esa que año tras año se ha convertido en la favorita de muchos. Encontró la receta hace tiempo y, aunque se la pidan, la guarda celosamente. Parece mentira, pero es como si esa receta hubiese aparecido solo para ella: por más que busques, no encuentras ninguna igual. Se ha convertido en una verdadera exclusividad, y quienes la han probado saben que solo la disfrutarán en esa fecha tan festiva.
Sin embargo, esa tarta no es más que una muestra de la dedicación que mi mamá pone en cada creación. Detrás de este platillo tan codiciado, hay algo aún más especial: sus recetarios, que no son los clásicos “Nicolini” que muchos hemos usado.
Mi mamá ha llenado más de veinte cuadernos, entre agendas y antiguos libros de contabilidad, todos escritos a mano. Cada uno está muy bien organizado, con índice y secciones para postres, entradas, etcétera. Ella sabe perfectamente en qué “año” (recuerden que son agendas) está cada receta y anota con detalle cualquier mejora o variación que crea necesaria. ¡Hasta ahora, nunca se ha equivocado!
De estos recetarios conservo infinidad de recuerdos.
Por ejemplo, verla devorar artículos de cocina en revistas y periódicos que encontraba en cualquier sitio; cada uno era una fuente importante de ideas. Cuando algo le gustaba mucho, le pedía la receta a la anfitriona, la anotaba en cualquier papelito y, al llegar a casa, la pasaba cuidadosamente a su recetario, según el tipo de comida.
También la recuerdo recostada en la cama boca abajo para escribir, como si fuera una adolescente redactando una carta de amor. Y por supuesto, la veo cuidando cada uno de esos cuadernos: han pasado muchos años, incluso décadas, pero aún se conservan en excelente estado.
Hoy de adulta (y desde niña) me encanta hojear esos recetarios. Más allá de las recetas, se siente el amor y la dedicación que mi mamá vuelca en cada una. Verla en la cocina es un verdadero deleite: disfruta tanto cada paso que siempre se preocupa de que quienes nos sentamos a su mesa estemos a gusto.
Recuerdo perfectamente el proceso de elegir la receta, planificar el menú con su lista de compras muy ordenada y, por supuesto, preparar cada platillo con alegría y amor, aunque fuera algo sencillo (y hasta hoy lo sigue aplicando).
También tengo muy presentes las tardes en que hacíamos su riquísima torta: recetario en mano, íbamos sacando los ingredientes uno a uno, batiendo y mezclando todo en el orden perfecto, hasta que la cocina se inundaba de un delicioso aroma a vainilla.
Hoy, con una taza de café, sostengo uno de esos recetarios buscando alguna receta que merezca ser preparada por mí. Y si algo no me sale como espero, sé que mi mamá siempre estará ahí para rescatarme.
Mami, ¿preparamos una tortita? 😉
¡Te amo, mamá!
La Vane…y su café. 😉