¿Alguna vez has tenido mucho por decir y no sabes por dónde empezar? ¿Alguna vez has tenido miles de ideas para escribir, tratando siempre de ser espontánea y natural, pero de pronto comienzan a mezclarse con teorías, nueva información aprendida y experiencias que te hacen sentir que te sales de lo usual?
Actualmente me encuentro pasando por una experiencia así, impulsada por una serie de cambios personales que estoy viviendo y una serie de sentimientos que invaden mi mente, mi cuerpo y mis emociones, disparándose en miles de direcciones. Es como si el norte hubiese estado escondido en esa hermosa rosa náutica y, de pronto, todo apuntara hacia el camino correcto.
Hoy quiero mantener el estilo con el que inicié este blog; no les prometo conservarlo a lo largo del tiempo (¡espero que no!), porque será una muestra de la evolución personal en la que me encuentro ahora.
Les quiero contar sobre mi experiencia más reciente: las clases de teatro.
La actuación en el teatro siempre ha sido uno de mis sueños de niña, pero, como suele suceder, lo fui postergando por diversos motivos. Uno de los míos —y quizás siempre fue un error— era posponerlo por los demás: siempre había un “por ahora no”: horarios de trabajo, no restarle tiempo (según yo, de calidad) a mi pareja, y miles de pretextos más. Si bien es un curso corto, siento que me va a dar «eso» que busco en esta experiencia.
Esta semana inicié mi primera clase… No pretendo ser la actriz famosa (¿o quién sabe? :P), pero solo deseo disfrutar el camino y, sobre todo, la experiencia que estoy ganando, porque refuerza y es parte de uno de mis objetivos de vida para los que estoy trabajando.
Traigo esta experiencia porque, más allá de lo que significa para mí, va de la mano con lo que viví: personas de distintas edades, distintas experiencias, distintos sueños, contextos y objetivos (casi como la vida misma 😉 ).
Al inicio de la clase, todos éramos unos completos desconocidos: nos mirábamos tímidamente y sonreíamos… Algunos se conocían entre sí, otros eran muy introvertidos; incluso parecía que pensaban “no soy para esto”: miraban al suelo, no hacían contacto visual y me atrevería a decir que se sentían inseguros, no por su experiencia actoral, sino por lo que estaban pasando emocionalmente en ese momento.
Hasta que llega ese momento, entre incómodo y liberador, que es el “preséntate”. Se hizo de la forma tradicional: solo éramos un grupo de personas, de distintas edades y experiencias de vida, contando quiénes somos y qué hacemos ahí. De un momento a otro, se volvió un confesionario: personas jóvenes que aún no encontraban su camino profesional, otros que lo tenían más claro, algunos con el sueño de tener la actuación como modo de vida y otros que estaban ahí porque sus padres los llevaron.
Pero lo que más me llamó la atención y me gustó es que este desconocimiento entre unos y otros fue cambiando. Se compartieron experiencias de vida y, de un momento a otro, ya no había brechas ni generacionales ni de experiencia: solo éramos personas con ganas de aprender, sin etiquetas, sin edades, ni clases sociales ni especialidades.
Y, como bien dijo nuestro profesor, esa es la magia del teatro: solo eres el papel que te toque representar en un momento y tienes la habilidad de ser quien quieras ser… pero antes de eso, solo eres tú.
Si quieres representar a un niño, no tienes que serlo para que salga bien; si quieres ser una mujer, no tienes que disfrazarte de ella… puedes tener la imagen de un hombre y representar el papel de una mujer. Me pareció revelador (sé que suena evidente, pero tendrían que haber vivido la experiencia para entenderlo).
Todo esto también lo relaciono con algo que sucedió hace unos meses, cuando tuve la oportunidad de ver una obra de teatro en la que todo cobró sentido al final. Había un personaje muy peculiar que, en todo momento, aparentaba ser un hombre quizás engreído… y resultó que, al final, ¡era un perro de raza bulldog! En el instante de esa revelación por parte de la obra, regresé mentalmente a todo lo que este actor había representado durante la hora y media y, sí, realmente había sido un bulldog todo el tiempo: la forma en que se movía, cómo hablaba… Puede sonar muy simple, pero tendrían que haberlo visto. Ojalá algún día pueda ser yo ese bulldog y tener esa habilidad tan mágica de serlo sin decirlo.
Regresando a la clase, durante las prácticas me tocó una dinámica con una compañera y terminé recibiendo sus consejos y empatía. Lo mismo me ocurrió a mí: me tocó aconsejar a otra persona que pasaba por una situación que yo ya había vivido antes.
En esa clase pasaron muchas cosas más que no deseo contar todavía, entre revelaciones y descubrimientos personales, pero sí les diré que, una vez terminada, el nivel de confianza creció: éramos todos iguales, apoyándonos sin competencia ni etiquetas, solo nosotros… siendo nosotros y jugando, por momentos, a ser alguien más, pero siempre conscientes de que nuestra esencia no cambia.
Eso es algo que debemos mantener: puedo transformarme, crecer y aprender… pero Vane… siempre será #LaVane.
Un último sorbo a mi café y estoy lista para el libreto de hoy…
La Vane…y su café.