En una de las dinámicas del taller de teatro en el que participo, nos dieron el reto de representar una acción –sin palabras– que demostrase algún sentimiento que hayamos vivido, a modo de interiorizarlo y tratar de transmitirlo para que el resto del grupo lo reconociera.
La primera idea que se me vino a la mente fue “tomar una taza de café”, que, como ustedes saben, esa primera taza de café me conecta con emociones especiales y reflexivas.
Pero algo pasó mientras representaba esta acción: “preparé” dos tazas de café, a modo de rutina, y, ante una frenada de reflexión, solo se me ocurrió soltar una de ellas, dejándola caer al vacío y, al mismo tiempo, sintiendo una gran liberación.
A veces, la vida nos pone frente a esos pequeños rituales que, sin darnos cuenta, se convierten en costumbres tan arraigadas que parecen formar parte de quienes somos. Por mucho tiempo, yo preparaba dos tazas de café cada mañana. Era un gesto tan automático que no necesitaba pensarlo. Una taza era para mí, la otra… para alguien más o quizás para algo que ya no estaba ahí.
El día que me di cuenta de que ya no tenía que preparar dos tazas fue como si, de pronto, el mundo se pausara por un segundo y recién viera mi vida. Miré esas dos tazas y sentí el peso de un hábito que ya no tenía sentido. Ese día, rompí la taza. No literalmente, claro. Simplemente decidí que solo iba a preparar una.
Romper la taza es más que un gesto. Es un acto de liberación. Es decirle adiós a algo que ya no encaja en nuestra vida. Es aceptar que algunas cosas cambian y que está bien que así sea. No significa negar el pasado ni olvidar lo que nos trajo hasta aquí. Al contrario, es abrazar nuestra historia, aprender de ella y elegir conscientemente lo que queremos llevar con nosotros a partir de ahora.
Hay algo profundamente sanador en dejar atrás aquello que ya no nos sirve. Romper la taza significa avanzar, aunque dé miedo, aunque duela un poco. Es reconocer que, aunque no podemos controlar todo, sí podemos decidir cómo respondemos a los cambios.
Tal vez para ti, romper la taza no tenga nada que ver con café. Tal vez sea dejar de escuchar esa canción que te hacía llorar. Tal vez sea decir “no” cuando siempre decías “sí”. Tal vez sea salir a caminar por un camino diferente o regalar ese objeto que ya no te llena de alegría.
Romper la taza es un recordatorio de que somos capaces de construir algo nuevo, de tomar decisiones que nos acerquen a quienes queremos ser. Es entender que, al cerrar etapas, nos abrimos a posibilidades que antes no podíamos imaginar.
Así que, si hay algo que sientes que ya no tiene lugar en tu vida, pregúntate: ¿qué pasaría si lo dejas ir? ¿Qué pasaría si rompes la taza?
Tal vez descubras que, al hacerlo, hay espacio para una nueva versión de ti. Una que se sienta más ligera, más libre, más en paz.
Hoy, mi taza de café es solo una. Y sabe mejor que nunca.
La Vane…y su café