30.- Conexiones

Hay cosas que simplemente son más divertidas cuando las haces con otros. Bailar, crear, aprender, reírte hasta que ya no puedas más… todo eso se multiplica cuando hay gente alrededor que vibra contigo. Y no hablo de grupos formales ni de grandes comunidades organizadas con reglas y normas. Me refiero a esos espacios que se van armando casi sin querer, donde te sientes cómodo, donde te impulsan y donde te ríes tanto que hasta se te olvida el cansancio.

Un claro ejemplo es en el gimnasio. Uno llega pensando que va a hacer ejercicio y, cuando sientes que no tienes la fuerza necesaria, aparecen esas voces de apoyo. Sin competencia, sin exigencias, solo dándose ánimos entre todos para que alguien logre su objetivo.

¿Y la clase de Zumba? Pasa algo parecido. No es solo moverse y quemar calorías, es la música a todo volumen, el “¡vamos, que esta la sabemos!” cuando suena la canción favorita, el paso mal hecho que provoca carcajadas y, de pronto, todos estamos riéndonos en plena coreografía. Es ese guiño de “hoy la dimos toda” al final de la clase y la certeza de que volverás porque ahí no solo sudas, sino que la pasas bien.

En el trabajo ocurre algo parecido. No se trata solo de cumplir tareas y asistir a reuniones, sino de con quién compartes esas horas del día. Porque sí, un equipo que se lleva bien hace que todo fluya distinto. Están los que siempre tienen un chiste para romper el hielo, los que traen galletas sin motivo, los que te sacan de la pantalla para recordarte que hay vida más allá de tu computador. Un grupo así te da más que un espacio laboral: te da un ambiente donde es más fácil crecer, aprender y hasta equivocarte sin sentir que se acaba el mundo.

Y luego están esos otros espacios donde la magia ocurre, donde compartes intereses que van más allá del trabajo o el gimnasio, aquellos espacios con los que conectas con tu esencia, con ese lado emocional en el que no te juzgan, solo te acompañan y ayudan. ¿A cuáles me refiero? Por ejemplo, en las clases de teatro: no solo memorizas líneas o juegas con el movimiento, sino que confías en el otro, te lanzas sin miedo porque sabes que alguien estará ahí para seguirte el juego. Es un lugar donde aprendes a soltar y, de paso, te llevas amistades que entienden lo que es reírse hasta las lágrimas en un intento de representar o ser alguien más.

Ocurre también cuando pintas. Lo importante no es si está bonito o no, o si le gusta a los demás, sino lo que compartes. Esas pausas entre pinceladas donde alguien comenta “me encanta cómo te quedó eso” y, sin darte cuenta, te das permiso de creer en tu propio talento.

Porque eso hacen estos grupos. No solo son lugares donde vas a hacer algo, sino espacios donde creces sin darte cuenta. Donde te ríes, te motivas, aprendes, te impulsas. Donde un día llegaste solo y, sin darte cuenta, terminaste siendo parte de algo más grande.

Y lo mejor es que estos grupos están en todas partes. A veces ya los tienes y solo necesitas disfrutarlos más. Otras veces hay que salir a buscarlos, probar, cambiar, hasta encontrar ese lugar donde todo se siente más fácil, más emocionante, más vivo.

Así que si aún no tienes el tuyo… ¡anímate a buscarlo! Porque cuando encuentras a los tuyos, la vida se llena de energía, y todo, absolutamente todo, se siente mejor.

Un último sorbo a mi aza de café, y voy camino a buscar «a mi tribu» 😉

La Vane…y su café

29.- Cuestión de actitud

  • “Haz de cada día una aventura que valga la pena recordar.”
  • “La vida no se mide en tiempo, sino en momentos que te dejan sin aliento.”
  • “La vida es un viaje, disfruta cada paso del camino.”
  • “No cuentes los días, haz que los días cuenten.”
  • “La felicidad está en el camino, no en el destino.”

Diariamente nos rodean frases motivacionales que, aunque bienintencionadas, a menudo suenan repetitivas. Confieso que, en algún momento, las veía con escepticismo, incluso fastidio. ¿En qué mundo viven estas personas? me preguntaba. Pero, en el fondo, siempre he sido esa persona positiva que anima a otros, la porrista de la vida. Y aunque he vivido momentos oscuros, con caídas y dudas, mi naturaleza siempre me empuja a encontrar luz.

Esta reflexión nació de algo que observé en el gimnasio, durante mi clase favorita: la zumba. Para mí, la zumba es más que ejercicio: es una fiesta sin etiquetas, con ropa cómoda, sin maquillaje y pura libertad. Me gusta colocarme frente al espejo, no por vanidad, sino porque me permite perfeccionar mis movimientos y observar el ambiente. Allí es donde noto los matices: las emociones, las actitudes, el lenguaje silencioso de quienes comparten la clase.

Ese día, vi a dos alumnas nuevas, enfrentando el desafío de su primera clase:

La primera se ubicó detrás de mí. Desde el principio, su incomodidad era evidente. No lograba coordinar los pasos, y la frustración se reflejaba en su rostro tenso. Su cuerpo se movía sin energía, sin alegría, y su presencia chocaba con la vibra de la clase. Finalmente, se retiró antes de terminar, visiblemente molesta.

La segunda mujer, en cambio, estaba al fondo. Tampoco podía seguir la coreografía, pero su actitud era diferente: ¡se reía de sí misma! Cada error era motivo de carcajadas, y su torpeza parecía una excusa para divertirse más. No importaba que sus pasos no fueran perfectos; lo importante era que ella se entregaba a la experiencia. Su sonrisa genuina era una celebración de su valentía, y permaneció hasta el final, bailando con el alma.

Estas dos mujeres me hicieron pensar en la vida misma. Una misma situación, dos actitudes, dos resultados completamente distintos. Me di cuenta de que no es la habilidad, sino la perspectiva, la que define nuestra experiencia. En la vida, como en la zumba, no se trata de ejecutar cada paso a la perfección, sino de atreverse a sentir, a equivocarse y a seguir bailando.

¿Cuántas veces nos hemos rendido, ante la incomodidad de lo desconocido? ¿Y cuántas veces hemos permitido que la risa, nos conecte con el verdadero propósito: disfrutar del proceso?

La vida no premia a quien no comete errores, sino a quien persiste a pesar de ellos. La verdadera maestría no está en saber todos los pasos, sino en atreverse a danzarlos, incluso cuando no se tiene el ritmo. Las caídas y los tropiezos son inevitables, pero nuestra actitud es una elección.

Así que, la próxima vez que la vida te saque a la pista de baile, pregúntate: ¿quieres ser quien se rinde o quien se ríe y sigue bailando? Porque, al final, no se trata de ser perfecta… se trata de sentir la música.

Y tú, ¿Cómo decides bailar la vida?

Terminando el último sorbo de café, estoy lista para mi clase de zumba 😉

La Vane…y su café.

28.- ¿A quién eliges?

Siempre he creído que estar para los demás es una de las cosas más bonitas que uno puede hacer. Lo he visto en mis padres y crecí siempre muy orgullosa de ellos por eso: siempre dispuestos a ayudar a los demás. Escuchar, acompañar, dar una mano cuando alguien la necesita. No porque esperemos algo a cambio, sino porque nos nace, porque así somos.

Pero un día me di cuenta de que en la ecuación me había olvidado de alguien: yo.

No sé en qué momento pasó, pero ahí estaba. Mi agenda llena de compromisos con otros, mis planes siempre esperando «el momento adecuado», mis sueños pospuestos porque había algo «más urgente». Hasta que un día me pregunté: ¿Cuándo me tocaba a mí?

Porque qué curioso es esto de la vida: nos enseñan que dar es maravilloso (y lo es), pero pocas veces nos recuerdan que también es válido darnos a nosotros mismos. Que no es egoísmo decir «hoy no puedo», «hoy necesito tiempo para mí», «hoy decido por mí». Que elegirnos no es una traición a nadie, es un acto de amor propio.

El problema es que la costumbre pesa. Cuando siempre has sido la que está para todos, la que resuelve, la que escucha, la que acomoda su tiempo y sus planes, la que se preocupa… cuando un día decides decir «no», el mundo se sorprende. Algunos lo entenderán, otros quizá se incomoden, pero la verdadera pregunta no es qué pensarán los demás, sino qué piensas tú.

Porque, dime, ¿cuántas veces te has quedado en silencio porque no querías incomodar? ¿Cuántas veces has dicho “sí” cuando en realidad querías decir “no”? ¿Cuántas veces has sentido que das, das y das, pero cuando tú necesitas, la respuesta es el eco de tu propia voz?

Y ojo, esto no se trata de reproches ni de pasar facturas. No se trata de que ahora midamos con una balanza lo que hemos dado y lo que hemos recibido. Se trata de darnos cuenta de que no podemos pasarnos la vida esperando que los demás nos den lo que solo nosotros podemos darnos.

Yo no quiero dejar de ser generosa y es más, mi enfoque de vida lo estoy llevando a eso: a seguir ayudando a los demás, pero también quiero ser generosa conmigo. Si he pasado años apoyando sueños ajenos, tal vez ya es momento de darle un empujón a los míos. Si he estado disponible para todos, tal vez ya es momento de estar disponible para mí. No porque quiera alejarme, sino porque necesito acercarme.

Porque si nosotros no nos elegimos, ¿quién lo hará?

Así que hoy me elijo. Me elijo sin culpa, sin explicaciones, sin miedo a decepcionar. Me elijo porque también merezco estar en mi lista de prioridades. Porque no se puede dar con las manos vacías, y quiero que lo que ofrezca al mundo sea desde la plenitud, no desde la fatiga.

Y tú, ¿Cuándo fue la última vez que te elegiste?

Hoy elijo tomarme un café pausada, sin prisa, con tiempo sólo para mí…

La Vane…y su café