33.- Se me pegaron las sábanas

Hoy amanecí distinto.

No salté de la cama como siempre. No puse el despertador a pelear conmigo. No me puse las zapatillas ni salí corriendo al gimnasio. Hoy se me pegaron las sábanas… y ¿sabes qué? Me encantó.

Estoy tan acostumbrada a empezar el día antes que el sol, con la lista de tareas en la cabeza y el cuerpo en piloto automático, que había olvidado lo que es simplemente no hacer nada.

Nada más que quedarse ahí. Respirando. Viendo cómo entra la luz por la ventana.

Escuchando los sonidos de la mañana sin apuro. Sintiendo el peso de las cobijas como un abrazo.

Hoy me hice un café sin prisa. Me quedé en la cama leyendo un par de páginas de ese libro que hace semanas tengo en la mesa de noche (spoiler: no es de productividad, ni de liderazgo, ni de innovación).

Me vi un capítulo de una serie medio boba, pero que me hace reír.

Y me reí. Solita.

Sin culpa.

Porque a veces el cuerpo no pide más horas de sueño, sino un rato de pausa.

Una tregua en la rutina.

Un día que empiece distinto. No desde el hacer, sino desde el ser.

Desde cuidarte, mimarte, escucharte.

No digo que hay que quedarse en la cama todos los días —aunque qué tentación—, pero sí que está bien romper la rutina de vez en cuando.

Darse ese permiso.

Y que si un día las sábanas se te pegan… quizás es porque el alma también necesitaba detenerse.

¿Y tú?
¿Cuándo fue la última vez que te regalaste unas horas en la mañana solo para ti?

Disfrutando mi café con pausa, con el alma…sin rutina

La Vane…y su café 😉

32.- El colibrí: un susurro del universo

La primera vez que pude darle agua de mi mano a un colibrí cansado que encontré en el patio de mi casa, sentí como si el tiempo se detuviera. Después de beber agua de la palma de mi mano, retomó fuerzas. Sus alas vibraban tan rápido que apenas eran visibles, pero su cuerpo pequeño permanecía inmóvil en el aire, mirándome por un segundo eterno. En ese instante, algo en mí se encendió: una conexión sutil, casi mágica, con esta ave diminuta y sabia. Ese día inició una conexión especial con esta pequeña y hermosa ave.

Desde entonces, cada encuentro con un colibrí es una pequeña señal del universo, un recordatorio de que la vida está llena de belleza inesperada y que, a pesar de todo, siempre hay motivos para sonreír y confiar.

El colibrí se ha vuelto para mí un símbolo de esa espiritualidad sencilla y luminosa que florece cuando aprendemos a observar con el alma.

Los mayas, y muchas otras naciones nativas, lo veían como símbolo de alegría, sanación, amor y adaptabilidad. Ellos sabían que su aparición no era casual: cuando uno se cruza en tu camino, trae consigo una vibración de luz, como si el universo quisiera recordarte que todo está bien, que estás en el camino correcto, y que lo mejor siempre está por venir.

Una leyenda hermosa cuenta que, cuando un alma está lista para trascender, se posa en una flor y es el picaflor quien la recoge con delicadeza para llevarla a un lugar de paz. Esa imagen me acompaña con ternura y me reconfirma que todo está en armonía, que nada se pierde, que todo se transforma con amor.

También se dice que si deseas algo con el corazón y se lo susurras a un colibrí, él puede ayudarte a concretarlo. Es el símbolo de los sueños que vuelan alto, de los deseos puros que se materializan. Y sí, me gusta pensar que el universo responde, a veces en forma de alas brillantes que aparecen cuando más lo necesitamos.

El colibrí me ha enseñado tanto. Me muestra cómo vivir con ligereza pero con propósito. Cómo avanzar con determinación y elegancia. A pesar de su tamaño, es capaz de cruzar continentes, de enfrentar vientos, de encontrar flores incluso en los lugares más inesperados.

Y también sabe cuándo detenerse, cuándo descansar y recargar. Durante las noches frías, entra en una especie de pausa natural, y con el sol, renace. Esa sabiduría del ritmo, del equilibrio, me inspira profundamente. Cada día es una nueva oportunidad para renacer, para abrir las alas y volver al vuelo.

Hoy, cuando me cruzo con un colibrí, ya no lo veo solo como un ave bebiendo néctar. Lo recibo como un pequeño maestro que me recuerda que vivir es un arte y que cada momento puede ser dulce si aprendemos a saborearlo como él: con atención, con gratitud, con alegría.

Cada vez que uno pasa cerca, me detengo a respirar más profundo, a sonreír, a confiar. Porque sé que estoy acompañada, guiada, protegida. Que hay energía buena moviéndose conmigo, llevándome justo donde debo estar.

Hace poco visité un lugar al sur de Lima y ¿saben que ocurrió? ¡Estaba repleto de colibríes!! ¡Nunca había visto tantos colibríes juntos! Por un momento pensé que había llegado al paraíso, fue la señal que esperaba: lo estoy haciendo bien…

Un último sorbo a mi taza de café, y estoy lista para oír el susurro del universo

La Vane…y su café

31.- Hablemos de sexo

En este proceso de exploración, conocimiento y autoconocimiento que vengo recorriendo desde hace un tiempo, era inevitable llegar a este punto: el autoconocimiento físico. Así que hace poco participé en un taller en el que te enseñaban a reconectar con tu sensualidad natural y feminidad para, desde ahí, vincularte con tu sexualidad.

Creo que todas las que asistimos fuimos atraídas por una publicidad divertida, curiosa y, sobre todo, con un nombre llamativo. Nos aventuramos a descubrir qué aprendizajes nos podía dejar este taller. Y claro, como muchas, pensé que sería simplemente un taller de baile divertido, algo para «vacilarte» un día de semana.

Mi primera sorpresa al llegar: un mix de edades (y pensar que creí que sería una de las mayores… ¡error!), una gran variedad de personalidades y estilos de mujeres. Algunas que, a simple vista, parecían tímidas; otras que, si las veías por la calle, jamás imaginarías que asistirían a un taller con este enfoque.

Todas estábamos sentadas en el suelo. Algunas, incómodas y tímidas; otras, más en confianza. Detrás de mí había una encantadora mujer, mayor que yo, que me dijo: «Yo me quedo atrás tuyo, no quiero estar muy adelante para que no se me vea de frente». Y otras, más seguras, ocupaban la primera fila, con una actitud llamativa que captaba la atención de todas.

El taller inició con una representación de baile, muy sensual y acrobático, que nos fue integrando de a pocos. Entre bromas y risas, empezamos a entrar en confianza.

Imagino que quieren saber más detalles sobre el taller y si logré el objetivo, ¿no? Eso lo dejaré para otro día. Hoy quiero darle otro enfoque, porque esta experiencia me conectó con otra vivencia previa.

A finales del año pasado, participé en un ritual espiritual con un grupo de mujeres. Se trataba de reconectar con la naturaleza. Y ahora, en este taller, nos estábamos conectando con nuestra sensualidad. ¿Lo más curioso? Que, de alguna forma, ambos manejaban conceptos y prácticas muy similares: conectar con nosotras mismas, con nuestra esencia, con nuestra fuerza, con nuestro poder de crear. Nos llevaban a reconocer nuestra naturaleza creadora y exploradora. No vinimos al mundo para quedarnos con los brazos cruzados: nacimos para crear. Más allá de la posibilidad de tener hijos o no, nuestra esencia es creadora en todos los sentidos.

Creo que hay muchos clichés sobre las relaciones entre mujeres. Que entre nosotras podemos ser las mejores amigas y, a la vez, las peores enemigas. Pero yo creo que es el entorno el que nos ha hecho creer eso. En estos espacios, tuve la oportunidad de compartir con mujeres bellísimas, desconocidas entre sí, con historias y experiencias distintas, pero con un mismo propósito: encontrarnos. Intentando romper esas etiquetas que nos han limitado por tanto tiempo, que nos hicieron dudar de quiénes somos.

Desde cómo te ríes, cómo comes, cómo vistes, que foto «te autorizan» a publicar en redes sociales, cómo te relacionas con los demás. Si eres muy buena, te dicen que los demás «se aprovechan»; si eres cercana, te critican porque «no tienes carácter»; si intentas algo nuevo, te dicen que «no eres capaz».

Hace unos años leí «Mujeres que corren con los lobos», de Clarissa Pinkola Estés. En él se explica cómo el contexto y la sociedad han intentado limitarnos, haciéndonos creer que debemos encajar en moldes que no nos pertenecen. Y, sin embargo, independientemente del rol que elijamos en la sociedad, cada una de nosotras tiene su propia fuerza y esencia en la vida.

«Ser nosotros mismos hace que nos excomulguen del Reino, no serlo hace que nos excomulguemos de nuestra propia existencia. La voz de la naturaleza instintiva nos susurra con frecuencia: ‘Este es el camino. Ve por aquí’. Y si seguimos ese camino, nos encontramos con el yo salvaje y libre. Pero si no lo seguimos, la vida se vuelve diminuta y marchita”. (del libro Mujeres que corren con los lobos»)

Hoy sé que no se trata solo de bailar, ni de un ritual, ni de un taller. Se trata de volver a nosotras. De elegirnos. De ser libres.

Y si hay algo que me quedó claro en este camino es que ninguna está sola en esta búsqueda. Nos encontramos en el reflejo de la otra, en una mirada cómplice, en una risa compartida. Porque todas, en algún momento, hemos querido recordar quiénes somos.

Un sorbo más a mi taza de café, y a seguir encontrándome a mí misma! 😉

La Vane…y su café 😉