La primera vez que pude darle agua de mi mano a un colibrí cansado que encontré en el patio de mi casa, sentí como si el tiempo se detuviera. Después de beber agua de la palma de mi mano, retomó fuerzas. Sus alas vibraban tan rápido que apenas eran visibles, pero su cuerpo pequeño permanecía inmóvil en el aire, mirándome por un segundo eterno. En ese instante, algo en mí se encendió: una conexión sutil, casi mágica, con esta ave diminuta y sabia. Ese día inició una conexión especial con esta pequeña y hermosa ave.
Desde entonces, cada encuentro con un colibrí es una pequeña señal del universo, un recordatorio de que la vida está llena de belleza inesperada y que, a pesar de todo, siempre hay motivos para sonreír y confiar.
El colibrí se ha vuelto para mí un símbolo de esa espiritualidad sencilla y luminosa que florece cuando aprendemos a observar con el alma.
Los mayas, y muchas otras naciones nativas, lo veían como símbolo de alegría, sanación, amor y adaptabilidad. Ellos sabían que su aparición no era casual: cuando uno se cruza en tu camino, trae consigo una vibración de luz, como si el universo quisiera recordarte que todo está bien, que estás en el camino correcto, y que lo mejor siempre está por venir.
Una leyenda hermosa cuenta que, cuando un alma está lista para trascender, se posa en una flor y es el picaflor quien la recoge con delicadeza para llevarla a un lugar de paz. Esa imagen me acompaña con ternura y me reconfirma que todo está en armonía, que nada se pierde, que todo se transforma con amor.
También se dice que si deseas algo con el corazón y se lo susurras a un colibrí, él puede ayudarte a concretarlo. Es el símbolo de los sueños que vuelan alto, de los deseos puros que se materializan. Y sí, me gusta pensar que el universo responde, a veces en forma de alas brillantes que aparecen cuando más lo necesitamos.
El colibrí me ha enseñado tanto. Me muestra cómo vivir con ligereza pero con propósito. Cómo avanzar con determinación y elegancia. A pesar de su tamaño, es capaz de cruzar continentes, de enfrentar vientos, de encontrar flores incluso en los lugares más inesperados.
Y también sabe cuándo detenerse, cuándo descansar y recargar. Durante las noches frías, entra en una especie de pausa natural, y con el sol, renace. Esa sabiduría del ritmo, del equilibrio, me inspira profundamente. Cada día es una nueva oportunidad para renacer, para abrir las alas y volver al vuelo.
Hoy, cuando me cruzo con un colibrí, ya no lo veo solo como un ave bebiendo néctar. Lo recibo como un pequeño maestro que me recuerda que vivir es un arte y que cada momento puede ser dulce si aprendemos a saborearlo como él: con atención, con gratitud, con alegría.
Cada vez que uno pasa cerca, me detengo a respirar más profundo, a sonreír, a confiar. Porque sé que estoy acompañada, guiada, protegida. Que hay energía buena moviéndose conmigo, llevándome justo donde debo estar.
Hace poco visité un lugar al sur de Lima y ¿saben que ocurrió? ¡Estaba repleto de colibríes!! ¡Nunca había visto tantos colibríes juntos! Por un momento pensé que había llegado al paraíso, fue la señal que esperaba: lo estoy haciendo bien…
Un último sorbo a mi taza de café, y estoy lista para oír el susurro del universo
La Vane…y su café