Hoy amanecí distinto.
No salté de la cama como siempre. No puse el despertador a pelear conmigo. No me puse las zapatillas ni salí corriendo al gimnasio. Hoy se me pegaron las sábanas… y ¿sabes qué? Me encantó.
Estoy tan acostumbrada a empezar el día antes que el sol, con la lista de tareas en la cabeza y el cuerpo en piloto automático, que había olvidado lo que es simplemente no hacer nada.
Nada más que quedarse ahí. Respirando. Viendo cómo entra la luz por la ventana.
Escuchando los sonidos de la mañana sin apuro. Sintiendo el peso de las cobijas como un abrazo.
Hoy me hice un café sin prisa. Me quedé en la cama leyendo un par de páginas de ese libro que hace semanas tengo en la mesa de noche (spoiler: no es de productividad, ni de liderazgo, ni de innovación).
Me vi un capítulo de una serie medio boba, pero que me hace reír.
Y me reí. Solita.
Sin culpa.
Porque a veces el cuerpo no pide más horas de sueño, sino un rato de pausa.
Una tregua en la rutina.
Un día que empiece distinto. No desde el hacer, sino desde el ser.
Desde cuidarte, mimarte, escucharte.
No digo que hay que quedarse en la cama todos los días —aunque qué tentación—, pero sí que está bien romper la rutina de vez en cuando.
Darse ese permiso.
Y que si un día las sábanas se te pegan… quizás es porque el alma también necesitaba detenerse.
¿Y tú?
¿Cuándo fue la última vez que te regalaste unas horas en la mañana solo para ti?
Disfrutando mi café con pausa, con el alma…sin rutina
La Vane…y su café 😉