35.- El maní en el tamal

Dicen que la memoria tiene muchas formas. Hay memorias que se activan con una canción, otras con un olor. Pero hay unas más sutiles, más silenciosas, que se esconden en el sabor de algo tan simple como un maní dentro de un tamal y mágicamente, se vuelven en un gran momento.

Yo tengo una de esas.

Cada vez que como un tamal y descubro que tiene  maní, una escena aparece, como si alguien la proyectara desde mi interior: una mesa dominical en el restaurante Don Lucho, en Pueblo Libre. Tengo muy claro los sonidos de fondo: personas conversando, platos, sonidos de provienen de la cocina. Mi papá, mi mamá y yo, en uno de esos rituales familiares que uno no valora tanto en el momento, pero que con los años se convierten en tesoros.

Recuerdo el tenedor de mi papá hundiéndose en el tamal y, de pronto, él lo mira con una mezcla de sorpresa y gusto y como quien descubre un secreto: «mmm… tiene maní». Recuerdo su rostro, el gusto con que se lo tomó con el tenedor y desde ese día, encontrar un maní dentro de un tamal, de lo más tradicional que pueda ser, se vuelve un platillo hecho por grandes chefs.

Fue tan simple. Tan cotidiano.

Pero ese “mmm” quedó tatuado en mí.

Y yo, chica todavía, viendo cómo ese detalle tan simple le sacaba una sonrisa.

No sé si fue la forma en que lo dijo, con esa curiosidad de niño grande, o si fue porque yo también lo descubrí en ese instante con él. Pero desde ese día, el tamal con maní dejó de ser solo comida. Se volvió ritual. Se volvió recuerdo. Se volvió abrazo.

Eso quedó registrado en algún rincón de mi cuerpo. No sé si fue el gesto, el sabor, el sonido de su voz o la mezcla de todo. Pero lo cierto es que cada vez que pruebo un tamal con maní, algo en mí se enciende. No pienso en el restaurante ni en los chicharrones ni siquiera en la mesa. Pienso en esa sensación exacta de haber compartido algo chiquito y perfecto con mi papá.

La memoria gustativa es rara. No se activa con fechas ni con nombres. Se activa con cosas inesperadas. Con la textura de una masa. Con el crujido suave de un maní. Y de pronto, el pasado ya no está lejos. Está aquí, en la boca, en el pecho, en la sonrisa.

Mi papá sigue disfrutando cada bocado, y eso lo hace todavía más bonito. Es un recuerdo vivo. Es una escena que abraza. Un pequeño lujo de la memoria que me recuerda que algunas cosas se quedan para siempre, aunque pasen los años, aunque cambien los domingos.

Y entonces, cada vez que aparece el maní en el tamal, yo lo saludo en silencio. Como se saluda a los recuerdos que uno elige conservar.

Papi, nos comemos un tamalito con maní este domingo con una tacita de café? 😉

La Vane…y su café

34.- En modo niño

Hace un tiempo tomé una decisión: volver a ver la vida en modo niño. No sé en qué momento lo olvidé, pero por suerte algo dentro de mí quiso recordármelo.

El modo niño no es una edad, es una forma de mirar. Es cuando, de pronto, una puesta de sol no es solo el fin del día, sino un espectáculo que parece pintado solo para ti. Es cuando jugar con tu mascota se convierte en una fiesta. Cuando una carcajada no necesita explicación. Cuando recibir un mensaje inesperado te puede alegrar todo el día. Es dejarse sorprender. Es ver con ojos nuevos, aunque ya conozcas el paisaje.

Hubo un momento en que todo empezó a volverse normal. La rutina se puso in – cómoda y silenciosa, y dejé de notar las cosas lindas. Pero un día, decidí que no quería acostumbrarme. Quise volver a maravillarme. Volver a asombrarme con las cosas más simples. Como hacen los niños. Como cuando uno descubre algo por primera vez y todo se llena de brillo.

Y empecé a mirar distinto. A disfrutar distinto. Como si cada día fuera una caja con sorpresa. Como si el mundo tuviera detalles escondidos solo para mí… y para quien se anime a mirar con curiosidad.

Una de esas cosas que me devuelven automáticamente al modo niño son las burbujas de agua. No importa dónde esté ni con quién esté: si veo una burbuja de agua, corro tras ella. Me emociono. Trato de atraparla, de reventarla entre risas, como si fuera una misión importantísima. Y por un instante, soy esa niña que no piensa en nada más que en jugar. Es un ritual mío, una forma de recordarme que sigo viva por dentro.

Volver al modo niño es un acto de rebeldía luminosa. Es decirle que no al piloto automático. Es salirse del molde de “lo de siempre” y atreverse a disfrutar sin poses, sin deberes, sin la idea de “ser productiva”. Solo por el placer de reír. Solo por el gusto de estar viva.

Y es ahí donde todo cambia. Porque cuando uno elige ver el mundo con ojos de niño, no es que las cosas cambien… es que uno cambia.

Y entonces todo —absolutamente todo— puede volverse extraordinario.

Tal vez hoy también sea un buen día para correr tras una burbuja. O al menos, para volver a mirar algo de siempre… con ojos de primera vez.

Café en mano…lista para buscar «mis burbujas» 😉

La Vane…y su café