25.- El poder de tus manos

¿Has sentido que tus pensamientos se acumulan en tu mente como si fueran un rompecabezas sin resolver?
¿Has sentido que, de pronto, pasas por una serie de situaciones que te hacen sentir en una montaña rusa emocional? Momentos en los que no sabes si hacer más es mejor o simplemente es necesario hacer una pausa. Esos instantes en los que no tienes claro qué hacer para canalizar todo lo que sientes.

Debo admitir que pasé por un momento así. Me paralicé. No encontraba el camino para avanzar y, en mi caso, decidí aislarme. Tenía que ordenar mis pensamientos… pero estos parecían enredarse más, como un nudo mental y emocional que no lograba desatar.

Es en esos momentos cuando sientes, o crees (porque a veces es fácil ahogarse en un vaso de agua), que has tocado fondo emocionalmente y te sientes perdido. En medio de ese enredo mental, busqué formas de salir adelante. Me repetía que tenía que dejar de sobrepensar para encontrar una solución. Fue entonces cuando alguien me dijo algo tan sencillo, pero tan poderoso, que marcó la diferencia:

“Usa tus manos”

Me explicaron que las manos están conectadas con el cerebro y que pueden ayudar a darle orden a nuestros pensamientos. Al principio, lo tomé con incredulidad, pero luego pensé: ¿Qué podía perder?

Recordé la sensación que me daba cada vez que utilizaba las manos para pintar, crear, cocinar… Nunca lo había relacionado directamente con «poner orden» en mi mente. Decidí investigar más y, sobre todo, ponerlo en práctica.

El poder de usar las manos

Hay algo casi mágico en el acto de poner en movimiento las manos:

Escribir: Cuando escribimos a mano, las ideas que parecen caos en nuestra mente se vuelven tangibles. Al plasmarlas en papel, todo empieza a acomodarse por sí solo.

Crear con intención: Actividades como pintar, tejer o esculpir nos sumergen en un estado de enfoque profundo. Incluso cuando no tenemos claro qué estamos haciendo, el movimiento y la repetición ayudan a soltar tensiones.

La simpleza del contacto: Trabajar con arcilla, sembrar plantas o cocinar nos conecta con lo esencial. Estos momentos nos anclan al presente y nos recuerdan la importancia de lo básico.

Las manos tienen la capacidad de transformar lo intangible en algo concreto. Con cada movimiento, no solo creamos algo físico, sino que despejamos la mente y encontramos respuestas donde antes solo había confusión.

Cuando sientas que las ideas no fluyen o que todo se siente abrumador, prueba con algo sencillo: escribe, dibuja, amasa, ensúciate las manos. Porque a veces, lo que necesitas no es pensar más, sino hacer más.

Atrévete a liberar tu mente a través de tus manos

No importa si crees que no eres “bueno” en algo manual o si sientes que no tienes tiempo; lo importante es comenzar. Ese simple acto de mover las manos, de crear, de conectar con el presente, puede ser lo que necesitas para soltar esa maraña de pensamientos que llevas dentro.

A veces, las respuestas no están en pensar más, sino en permitirte sentir y fluir. Porque cuando haces algo con tus manos, estás diciéndole a tu mente que estás listo para soltar el caos y darle forma a la calma.

Entonces, ¿por qué no intentarlo? Toma un lápiz, una hoja, un pincel, un pedazo de masa o simplemente tus propias manos. Déjalas moverse, crear, expresarse. Quizás en ese acto sencillo encuentres lo que tanto buscas: claridad, equilibrio y una versión más libre de ti mismo.

Tomando un sorbo más de café….es momento de poner ¡manos a la obra! 😉

La Vane…y su café.

24.- Reencontrándome: mi camino hacia un nuevo yo

¿Alguna vez has tenido mucho por decir y no sabes por dónde empezar? ¿Alguna vez has tenido miles de ideas para escribir, tratando siempre de ser espontánea y natural, pero de pronto comienzan a mezclarse con teorías, nueva información aprendida y experiencias que te hacen sentir que te sales de lo usual?

Actualmente me encuentro pasando por una experiencia así, impulsada por una serie de cambios personales que estoy viviendo y una serie de sentimientos que invaden mi mente, mi cuerpo y mis emociones, disparándose en miles de direcciones. Es como si el norte hubiese estado escondido en esa hermosa rosa náutica y, de pronto, todo apuntara hacia el camino correcto.

Hoy quiero mantener el estilo con el que inicié este blog; no les prometo conservarlo a lo largo del tiempo (¡espero que no!), porque será una muestra de la evolución personal en la que me encuentro ahora.

Les quiero contar sobre mi experiencia más reciente: las clases de teatro.

La actuación en el teatro siempre ha sido uno de mis sueños de niña, pero, como suele suceder, lo fui postergando por diversos motivos. Uno de los míos —y quizás siempre fue un error— era posponerlo por los demás: siempre había un “por ahora no”: horarios de trabajo, no restarle tiempo (según yo, de calidad) a mi pareja, y miles de pretextos más. Si bien es un curso corto, siento que me va a dar «eso» que busco en esta experiencia.

Esta semana inicié mi primera clase… No pretendo ser la actriz famosa (¿o quién sabe? :P), pero solo deseo disfrutar el camino y, sobre todo, la experiencia que estoy ganando, porque refuerza y es parte de uno de mis objetivos de vida para los que estoy trabajando.

Traigo esta experiencia porque, más allá de lo que significa para mí, va de la mano con lo que viví: personas de distintas edades, distintas experiencias, distintos sueños, contextos y objetivos (casi como la vida misma 😉 ).

Al inicio de la clase, todos éramos unos completos desconocidos: nos mirábamos tímidamente y sonreíamos… Algunos se conocían entre sí, otros eran muy introvertidos; incluso parecía que pensaban “no soy para esto”: miraban al suelo, no hacían contacto visual y me atrevería a decir que se sentían inseguros, no por su experiencia actoral, sino por lo que estaban pasando emocionalmente en ese momento.

Hasta que llega ese momento, entre incómodo y liberador, que es el “preséntate”. Se hizo de la forma tradicional: solo éramos un grupo de personas, de distintas edades y experiencias de vida, contando quiénes somos y qué hacemos ahí. De un momento a otro, se volvió un confesionario: personas jóvenes que aún no encontraban su camino profesional, otros que lo tenían más claro, algunos con el sueño de tener la actuación como modo de vida y otros que estaban ahí porque sus padres los llevaron.

Pero lo que más me llamó la atención y me gustó es que este desconocimiento entre unos y otros fue cambiando. Se compartieron experiencias de vida y, de un momento a otro, ya no había brechas ni generacionales ni de experiencia: solo éramos personas con ganas de aprender, sin etiquetas, sin edades, ni clases sociales ni especialidades.

Y, como bien dijo nuestro profesor, esa es la magia del teatro: solo eres el papel que te toque representar en un momento y tienes la habilidad de ser quien quieras ser… pero antes de eso, solo eres tú.

Si quieres representar a un niño, no tienes que serlo para que salga bien; si quieres ser una mujer, no tienes que disfrazarte de ella… puedes tener la imagen de un hombre y representar el papel de una mujer. Me pareció revelador (sé que suena evidente, pero tendrían que haber vivido la experiencia para entenderlo).

Todo esto también lo relaciono con algo que sucedió hace unos meses, cuando tuve la oportunidad de ver una obra de teatro en la que todo cobró sentido al final. Había un personaje muy peculiar que, en todo momento, aparentaba ser un hombre quizás engreído… y resultó que, al final, ¡era un perro de raza bulldog! En el instante de esa revelación por parte de la obra, regresé mentalmente a todo lo que este actor había representado durante la hora y media y, sí, realmente había sido un bulldog todo el tiempo: la forma en que se movía, cómo hablaba… Puede sonar muy simple, pero tendrían que haberlo visto. Ojalá algún día pueda ser yo ese bulldog y tener esa habilidad tan mágica de serlo sin decirlo.

Regresando a la clase, durante las prácticas me tocó una dinámica con una compañera y terminé recibiendo sus consejos y empatía. Lo mismo me ocurrió a mí: me tocó aconsejar a otra persona que pasaba por una situación que yo ya había vivido antes.

En esa clase pasaron muchas cosas más que no deseo contar todavía, entre revelaciones y descubrimientos personales, pero sí les diré que, una vez terminada, el nivel de confianza creció: éramos todos iguales, apoyándonos sin competencia ni etiquetas, solo nosotros… siendo nosotros y jugando, por momentos, a ser alguien más, pero siempre conscientes de que nuestra esencia no cambia.

Eso es algo que debemos mantener: puedo transformarme, crecer y aprender… pero Vane… siempre será #LaVane.

Un último sorbo a mi café y estoy lista para el libreto de hoy…

La Vane…y su café.

23.- El recetario de mamá

En mi familia, la comida va mucho más allá de ser solo “alimentos”. Representa preocupación, dedicación, amor y, sobre todo, pensar en los demás. Es demostrar cariño en cada cosa que se prepara, involucra disfrutar, celebrar y, a veces, simplemente dar un poco de uno mismo en cada platillo.

Preparándonos para esta última Navidad en casa, mi mamá hizo su tradicional tarta de origen europeo, esa que año tras año se ha convertido en la favorita de muchos. Encontró la receta hace tiempo y, aunque se la pidan, la guarda celosamente. Parece mentira, pero es como si esa receta hubiese aparecido solo para ella: por más que busques, no encuentras ninguna igual. Se ha convertido en una verdadera exclusividad, y quienes la han probado saben que solo la disfrutarán en esa fecha tan festiva.

Sin embargo, esa tarta no es más que una muestra de la dedicación que mi mamá pone en cada creación. Detrás de este platillo tan codiciado, hay algo aún más especial: sus recetarios, que no son los clásicos “Nicolini” que muchos hemos usado.

Mi mamá ha llenado más de veinte cuadernos, entre agendas y antiguos libros de contabilidad, todos escritos a mano. Cada uno está muy bien organizado, con índice y secciones para postres, entradas, etcétera. Ella sabe perfectamente en qué “año” (recuerden que son agendas) está cada receta y anota con detalle cualquier mejora o variación que crea necesaria. ¡Hasta ahora, nunca se ha equivocado!

De estos recetarios conservo infinidad de recuerdos.

Por ejemplo, verla devorar artículos de cocina en revistas y periódicos que encontraba en cualquier sitio; cada uno era una fuente importante de ideas. Cuando algo le gustaba mucho, le pedía la receta a la anfitriona, la anotaba en cualquier papelito y, al llegar a casa, la pasaba cuidadosamente a su recetario, según el tipo de comida.

También la recuerdo recostada en la cama boca abajo para escribir, como si fuera una adolescente redactando una carta de amor. Y por supuesto, la veo cuidando cada uno de esos cuadernos: han pasado muchos años, incluso décadas, pero aún se conservan en excelente estado.

Hoy de adulta (y desde niña) me encanta hojear esos recetarios. Más allá de las recetas, se siente el amor y la dedicación que mi mamá vuelca en cada una. Verla en la cocina es un verdadero deleite: disfruta tanto cada paso que siempre se preocupa de que quienes nos sentamos a su mesa estemos a gusto.

Recuerdo perfectamente el proceso de elegir la receta, planificar el menú con su lista de compras muy ordenada y, por supuesto, preparar cada platillo con alegría y amor, aunque fuera algo sencillo (y hasta hoy lo sigue aplicando).

También tengo muy presentes las tardes en que hacíamos su riquísima torta: recetario en mano, íbamos sacando los ingredientes uno a uno, batiendo y mezclando todo en el orden perfecto, hasta que la cocina se inundaba de un delicioso aroma a vainilla.

Hoy, con una taza de café, sostengo uno de esos recetarios buscando alguna receta que merezca ser preparada por mí. Y si algo no me sale como espero, sé que mi mamá siempre estará ahí para rescatarme.

Mami, ¿preparamos una tortita? 😉

¡Te amo, mamá!

La Vane…y su café. 😉

22.- ¿Sabes caer?

Temprano caminaba por un hermoso parque, disfrutando cada paso que daba y viendo a la gente a mi alrededor: personas haciendo deporte, algunas —al parecer— cosechando la energía del sol (vi a 3 personas paradas, mirando hacia el sol y con una posición de manos que me hacía pensar que se conectaban con él… ¡espero hoy enterarme de qué hacen y luego les cuento! 😉), varias paseando a sus perros y varios paseadores de perros (ese trabajo debe ser el paraíso, ¿no? ¡Tendré que intentarlo alguna vez!), y, como no podía faltar, niños jugando.

Hubo un grupo que me llamó la atención: niños que, al parecer, estaban con algún profesor de deportes, haciendo algún tipo de entrenamiento. Al principio, en una de mis tantas vueltas por el parque, solo los veía ponerse en posición de semicuclillas y nada más.

A la siguiente vuelta, estos niños ya tenían un casco, rodilleras y coderas… pero seguían haciendo algunas posturas raras, todavía de pie, hasta que lo comprendí todo:


¡ESTABAN APRENDIENDO A CAER!

Para ponerlos en contexto: a estos peques les estaban enseñando a patinar, y una de las primeras lecciones era cómo deben caer: en cuclillas, manos adelante para proteger la cara, y repetirlo muchas veces (hasta a mí me dolían las manos de solo imaginar tantas caídas sobre el cemento del parque, casi lanzándose “cual paquete” para aprender a caer y no hacerse más daño que un “simple” raspón en las manos).

Hoy me pongo a pensar: ¿cuántas veces nos “entrenan” para saber caer?

Creo que es la primera vez que soy consciente de lo que significa “aprender a caer” y minimizar el dolor. Ojo, minimizar, porque si caes, algún golpecito o tirón vas a sentir; acá lo importante es reducir el daño.

De niños, solo queremos seguir jugando y, por más veces que nos caigamos, no interiorizamos la importancia de aprender a hacerlo: lo evitamos. O, si es algo que nos encanta, buscamos ayuda para que nos enseñen… O, en el otro extremo, aprendemos a caer de manera instintiva para que “duela menos”, casi sin darnos cuenta, y ese mismo dolor se vuelve un estímulo para mejorar (si de verdad nos interesa).

Pero, ¿qué pasa cuando crecemos? Cuando el dolor deja de ser físico —y fácil de remediar con un abrazo de mamá, una cremita o una simple sacudida— y se convierte en un dolor emocional, ese que no suele enseñarse a manejar. Un golpe emocional puede inmovilizarnos por días, dependiendo de nuestra situación, nuestro pasado o nuestro momento actual.

Y es que este tipo de “golpe” suele ser el más difícil de afrontar, porque no hay una receta fija: cada persona es distinta y no funciona simplemente “ponerse compresas frías”, “tomar un analgésico” o escuchar el clásico “sana sana, colita de rana…” (¿lo recuerdan?).

¿Qué hacer entonces? Una vez más, no tengo la respuesta exacta, pero sé lo que a mí me ayuda:

  • Meditar: me sirve para liberar la mente de pensamientos intrusivos y negativos que me desvían de mi objetivo.
  • Escuchar música: de esa que te llena el alma; en mi caso, la de violines y chelos, porque me conecta con mi esencia.
  • Actividad física: ayuda a ordenar pensamientos y ver las cosas desde otra perspectiva.
  • Hacer lo que disfrutas: reconéctate contigo mismo, con tu esencia, con tu vibra.
  • Conversar con personas cercanas / queridas de confianza: en mi caso es mi mamá, mi mejor amiga y mi psicóloga.
  • Y lo más importante: entender lo sucedido, aprender de tus errores y, si cabe, de los errores de quienes también estuvieron involucrados. Acéptalos y mejora.

Hay muchas otras herramientas, pero estas son las que más utilizo. Al final, cada experiencia debería impulsarnos a mejorar.

A veces nos hundimos (y vaya que sin darnos cuenta), pero depende de nosotros mismos salir adelante,

¡Es solo un golpe más, una sacudida y listo!

Ahora sí, me declaro lista para la aventura del día, con mi taza de café y el coro de una canción que, casi como un juego, se volvió mi gran alentador:

“Pa’ que me curen el corazón
Hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol
Está bien no sentirse bien, es normal, no es delito
Estoy viva, más na’ necesito
Y mientras me curo del corazón
Hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol
Está bien no sentirse bien, es normal, no es delito
Y mañana será más bonito.”

La Vane…y su café.

21.- Lecciones desde el cajón de las medias

Hoy es uno de esos días en los que las emociones se cruzan con las actividades sociales y domésticas, despertando unas extrañas ganas de poner orden en las cosas (extraña en mi, porque los que me conocen saben que no soy fanática de las tareas del hogar – excepto cocinar).


Así que decidí que mi objetivo del día sería: ¡emparejar las medias!

No me pregunten por qué, pero mis medias parecen tener vida propia (y con la ayuda de una traviesa perrita que tiene como «ritual» robarme de uno a tres pares al día, obligándome a perseguirla por toda la casa —historia que ya les contaré en otra oportunidad—, la probabilidad de perderlas es aún mayor).

Estoy acá parada frente al cajón, veo todas las medias, aún desordenadas… Algunas encuentran su par muy rápido, sobre todo las que recién han regresado del lavado. Las otras, en cambio, no tendrán la misma suerte. Pero, como siempre digo: «¡Vamos con fe!».

Imagino que estarán pensando: ¿qué tiene de interesante emparejar medias y más aún perder tiempo escribiendo/leyendo sobre esto? Sin embargo, ¿han considerado que esta simple tarea puede reflejar etapas de nuestras vidas?

Miren su cajón de medias. Si pertenecen al grupo que las tiene todas emparejadas, ¡felicitaciones! Son personas ordenadas, metódicas y con su vida bajo control o con algo de control por lo menos.
Pero muchos de nosotros vivimos con algo de dispersión en el día a día. No siempre nuestras medias están ordenadas ni con el par correcto… ¿van entendiendo hacia dónde quiero llegar?

Estas medias las veo como metáfora de la vida misma:

Veamos las «categorías»:

  • Las medias emparejadas: Representan esos momentos en los que todo fluye a la perfección en tu vida. Te sientes completo, acompañado de quienes amas, con todo lo que necesitas.
  • Las medias estropeadas: A veces, la media tiene arreglo, y con un poco de esfuerzo vuelve a ser funcional. Pero en otras ocasiones, la costura está tan mal hecha o la tela tan desgastada que al usarla, un dedito asoma curiosamente por ahí, recordándote que es hora de dejarla ir. Si vale la pena, intento arreglarla y doy lo mejor de mí para hacerlo. Pero, cuando llega el momento, hay que saber soltar.
  • La media perdida: Esta es la parte más intrigante. No sabes qué pasó ni a dónde fue a parar. ¿Tal vez la lavadora tenga un agujero negro que la transporta a otra dimensión?. En estos casos, no queda más que aceptar. Puedes resignarte y darla por perdida o mantener la esperanza de que regrese. Pero, ¿qué tan sano es mantener esa esperanza? Eso dependerá de cuánto valor tenga esa media para ti. Si fue tu compañera en las más locas aventuras y encajaba perfectamente en tus zapatos favoritos, quizás vale la pena esperar. Pero si era una media promedio, que no aportó algo especial a tu vida o que con el tiempo te vas dando cuenta que era de mala calidad, lo mejor será dejarla ir. No tiene sentido amontonar en el cajón una media dispareja.
  • La media mal zurcida: Aquella que es tan indistinto que se arregle o botarla, que no le metes esfuerzo, solo «cumples» con la media, hasta que ya no da más (También me ha tocado ser esa media. Por más que he puesto todo mi esfuerzo para solucionar las cosas, hay ocasiones en que depende de otra persona, la que sostiene el hilo y la aguja. Si esa persona no quiere hacer un buen trabajo, no queda otra opción más que dejarse ir).

¿Ahora si ves como un simple cajón demedias te puede conectar con la vida?

Así pues, amigos, he tenido (y he sido) todo tipo de medias: pares completos, impares con esperanza de completarse y las que ya no vale la pena conservar.

¿Qué tipo de par de media soy hoy? Se los contaré cuando termine de ordenar mi cajón.

Por lo pronto, estoy feliz de haber regresado. Terminó el tiempo de ser invisible; hoy regreso más fuerte, más decidida y lista para todo.

Un sorbo de café para retomar ánimo…y a emparejar mis medias! 😉

La Vane…y su café

20.- Descubriéndonos

Debo confesar que tengo la suerte de conocer personas realmente increíbles. Son personas que tienen algo especial, un tipo de brillo personal que, a menudo, ni siquiera ellos pueden ver. Pero desde fuera, se nota cómo ese brillo intenta salir, a pesar del miedo que les causa abrirse completamente.

Estas personas llevan una especie de caparazón, una barrera que han construido a su alrededor por diversas razones. Quizás es por miedo al qué dirán, o tal vez es por no sentirse suficientemente buenos. Pero la verdad es que ese brillo está ahí, esperando ser descubierto y compartido con el mundo. Son capaces de motivar e inspirar de formas que nos son conscientes de ver.

¿Podemos ayudarlos a brillar? Definitivamente SI!

El primer paso para ayudarles a reconocer y liberar ese brillo es el apoyo. A veces, todo lo que se necesita es alguien que crea en ellos, que les muestre lo valiosos que son.

Es importante escucharles, animarles a probar cosas nuevas y celebrar sus éxitos, por pequeños que sean.

Me he encontrado con personas que tienen talentos ocultos, y que por alguna situación del pasado simplemente lo bloquean, y sólo necesitan un pequeño empujón para sentir confianza y sacarlo, nuevamente, a la luz.

Luego, hay que motivarles a retarlos de su zona de confort.

Esto no significa presionarles a hacer cosas que les aterran, sino animarlos y hasta ayudarlos a dar pequeños pasos fuera de su caparazón. Cada paso que dan es una victoria y una oportunidad para que su brillo interior se haga más fuerte y visible.

Es clave también que encuentren lo que les apasiona.

Cuando las personas hacen lo que aman, su brillo natural se intensifica. Puede ser cualquier cosa, desde arte hasta ciencia, lo importante es que se sientan conectados con lo que hacen.

Y finalmente, es fundamental que aprendan a ver su propio valor. Esto puede tomar tiempo y requiere paciencia, pero es un paso crítico. Celebrar sus propias victorias, por pequeñas que sean, y aprender a aceptar cumplidos son maneras de empezar a ver el brillo que otros ya ven en ellos.

Sacar a relucir ese brillo no solo les permite a estas personas alcanzar cosas maravillosas, sino que también enriquece a todos los que están a su alrededor.

Ver a alguien superar sus miedos y brillar con luz propia es una de las experiencias más gratificantes que existen.

En resumen, ayudar a alguien a reconocer y mostrar su brillo personal no siempre es fácil, pero el esfuerzo vale la pena. Y cuando finalmente lo logran, no solo ellos se benefician, sino que también inspiran a otros a hacer lo mismo. Es un recordatorio de que, con un poco de apoyo y confianza, todos tenemos la capacidad de superar nuestros miedos y alcanzar cosas extraordinarias.

Lo resalto: «Todos tenemos la capacidad de superar nuestros miedos y alcanzar cosas extraordinarias«

Tomando mi último sorbo de café y lista para encontrar más estrellas en la tierra 😉

La Vane… y su café

19.- La Mariposa que «vola»

¿A quién no le llama la atención ver una mariposa volar?

Con sus bellos y atractivos colores, que revolotean entre las flores de los parques y jardines. Debo confesar que, en mi caso, además de admirar la belleza que tienen, siempre me roban una sonrisa, ya que me remonta a un día específico de cuando era niña.

La edad, imagino, 3 años.

Lugar: vivíamos en una casa en Pueblo Libre, la dirección aún la recuerdo: Triana 452. Hoy ya no existe la casa; son edificios.

Esa casa tenía un jardín delantero no tan pequeño, el cual estaba rodeado de plantas de granada y unas florecitas pequeñas multicolor (que imitaban mini ramilletes de flores) de olor muy peculiar, las cuales formaban parte de ese bien cuidado jardín.

Regresando a ese día en específico, recuerdo estar con mi papá y hasta me atrevería a decir que era domingo, no lo recuerdo ni frío ni caliente, imagino que sería primavera y esperábamos a que mi mamá estuviera lista, mientras nosotros dos la esperábamos en la puerta de la casa.

Cabe agregar que, para ese momento, yo había aprendido una canción en el nido. No recuerdo el título, pero, según lo pronunciaba, la recuerdo algo así:

“Malipooosa, que volas, de flo en fló, con tus aalaass multicolooole”

(mientras la escribo, la voy cantando … ¡y ahora la tendré en mi cabeza por todo el día, cantándola mentalmente!)

Resumiendo, el contexto: mi papá y yo, parados en la puerta de la casa, junto a ese hermoso jardín esperando a que saliera mamá, de pronto aparece una mariposa… mi papá lo primero que me dice es “cántale” (obviamente, la recién aprendida canción).

Siguiente escena: yo persiguiendo a la mariposa por todo el jardín mientras le seguía cantando :

“Malipooosa, que volas, de flo en fló, con tus aalaass multicolooole …malipooosa, que volas, de flo en fló, con tus aalaass multicolooole…malipooosa, que volas, de flo en fló, con tus aalaass multicolooole…»

Lo hice varias veces… y como es de esperarse, la mariposa seguía volando.

Yo, preocupada, miraba a mi papá y le decía “¡No me hace caso!” y él me daba ánimos a que le siguiera cantando.

Como la mariposa seguía volando, yo cantaba más rápido, siempre con el ánimo de mi papá para seguirla y cantarle esperando, según yo, que la mariposa me mirara y/o se posara en mí. Cabe indicar que sí, la perseguí por todo el jardín, hasta que la mariposa decidió irse volando… espero que no asustada (debo admitir que el canto nunca fue uno de mis dones al nacer).

Creo que decirles qué ocurrió desde ese día, cada vez que veía una mariposa, ¡es más que obvio! 😉

Hoy, cada vez que veo una mariposa, me voy a ese momento, entre divertido y, sobre todo, recuerdo que, entre juegos, siempre estaba (y está) mi papá para acompañarme y darme ánimos en todo momento. ¡te amo papito!

Conectando este recuerdo al hoy

Quiero unir este recuerdo a algo que leí hace poco:

«Las mariposas no pueden ver sus alas, no pueden ver cuán verdaderamente hermosas son, pero todos los demás sí.

Las personas también son así»

En este recuerdo que les comenté, tenemos dos perspectivas: una niña admirando la belleza de una mariposa, rindiéndole homenaje con una canción recién aprendida con la esperanza de lograr algo (en este caso, que la mariposa le hiciera caso), y un padre que enseña y apoya a su hija a continuar con los retos, sabiendo de lo que ella es capaz de hacer. Él reconoce todo el potencial de esa niña y, entre juegos, la anima, ve esa belleza o tenacidad que ella puede tener cuando desea lograr algo.

¿Cuántas veces nos hemos sentido inferiores ante los demás? O hasta incapaces, porque nos comparamos desde distintas perspectivas o experiencias de otros. No somos conscientes de lo hermosos que somos, con nuestra forma de ser, cualidades únicas, dotes y habilidades que no valoramos porque tomamos de referencia a los demás.

Recuerda, cada quien es bello a su modo, cada quien es único, como el arte; cada pieza es única y debe ser admirada por quien realmente la valora. No dejes que nadie ni nada te corte la belleza de tus alas, puedes llegar y brillar hasta donde quieras.

Con el último sorbo a mi taza de café, me encuentro lista para alzar vuelo 😉

La Vane…y su café

18.- El “subibaja”

Aquellos que pertenecen a mi generación saben que no había mayor placer que ir a un parque que tuviese columpios (los llamábamos de forma general para referirnos a cualquier juego metálico que nos pudiera ofrecer una gran aventura): resbaladera, columpio, pasamanos, y el tan esperado sube y baja que, de forma breve, le decíamos “subibaja”. La mayoría de las veces, estos juegos estaban despintados, hechos de metal oxidado y hasta con huecos (cuántos raspones me gané en la resbaladera llena de huecos). Encontrar “columpios” nuevos era realmente un lujo.

Uno de mis juegos preferidos era (o mejor dicho, es) el subibaja. Los encontraba desde los más pequeños (que, a lo mucho, subían hasta 1 metro de alto) no me daban esa sensación de aventura, pero aquellos que podían llegar hasta los 2.5 metros eran entre los mejores.

Recuerdo vagamente algunos juegos con una amiga, divirtiéndonos e inventándonos nuevas formas de jugar y hasta con aventuras inventadas: fui princesa secuestrada, príncipe salvador o hasta el «malo de la película» que secuestraba a la víctima manteniendo a la otra persona en el aire. Siempre acompañada de gritos, risas y también algunos raspones.

¿Y si tomamos esta experiencia del subibaja y hacemos un simil con la vida? ¿que podríamos encontrar?

Veamos:

1.- Cuando encuentras a alguien con quien puedes hacer el equilibrio perfecto, nos podría enseñar sobre la armonía y la cooperación. Cuando todo parece balancearse con precisión, nos damos cuenta de que el apoyo mutuo puede mantenernos en un estado de equilibrio gratificante. Sin embargo, así como en el juego, este equilibrio es efímero y requiere esfuerzo y comunicación constante para sostenerse.

2.- Cuando no encuentras a nadie con quien jugar . Te sientas en un extremo, esperando a que alguien se una a ti en el otro lado, pero el asiento opuesto permanece vacío. Acá lo podemos comparar con esos momentos de soledad o independencia en nuestra vida, donde debemos aprender a impulsarnos por nosotros mismos, encontrando maneras de elevarnos sin depender de otros.

3.- Cuando no encuentras a la persona con quien hacer el equilibrio que te permita jugar. Puede ser por tamaño, estilos o cómo quieres jugar ese momento y no se logra un equilibrio, la experiencia puede sentirse unilateral o incluso estancada. Me atrevería a decir que esto nos enseña la importancia de la adaptación y la búsqueda de puntos medios donde, a pesar de nuestras diferencias, podemos encontrar maneras de balancear nuestras relaciones y situaciones para el beneficio mutuo.

Así como en el subibaja, la vida está llena de altibajos, de momentos de compañerismo y de soledad. Cada experiencia, ya sea compartida o enfrentada en solitario, nos moldea y enseña.

La clave está en aprender a encontrar el equilibrio, a disfrutar el viaje y a valorar a aquellos con quienes compartimos nuestros momentos más altos y bajos. Al final, lo que realmente importa es cómo enfrentamos estos cambios, cómo nos adaptamos y cómo seguimos adelante, siempre listos para el próximo ciclo de subidas y bajadas.

En el juego de la vida, al igual que en el subibaja, cada empuje hacia abajo tiene el potencial de elevarnos aún más alto, siempre que estemos dispuestos a enfrentar el desafío y aprender de cada caída.

¡Cada día me convenzo más de que la vida te regala tantos matices y formas de aprender, que solo debes estar atento y aprender cada día de ella!

¿Vamos por otro café? 😉

La Vane…y su café.

17.- «No pota mami, no pota»

¿Te llamó la atención este título? O quizás, ¿puedes relacionarlo con algo de tu vida? Para darte, quizás, un poco de contexto, te contaré la historia de una niña, de unos 3 años (eso creo y asumo porque no pronunciaba bien las palabras), a la que le enseñaron a “no asustarse” cuando algo se rompía.

Sí, les hablo de mí, cuando tenía esa edad –y hasta ahora– puedo decir que siempre he sido un tanto atolondrada/hiperactiva, donde la curiosidad y la sana travesura siempre estuvieron presentes.

Como consecuencia de esta innata curiosidad y mi gran parte atolondrada, el tomar las cosas prohibidas –entiéndase como los hermosos y mágicos adornos de cristal– era muy a menudo y casi siempre a escondidas, simplemente para admirarlas entre mis manos.

También cabe decir, que mis “dedos de mantequilla” ocasionaron que más de uno cayera de mis manos… sonando estrepitosamente contra el suelo un “craaaashhhh” y el bello adorno, terminaba hecho añicos.

Como era de esperarse, el sonido, el miedo de que me fueran a llamar la atención y el haber roto tan llamativo objeto, lograban que tuviese una mezcla de miedo, pena, incertidumbre de: ¿y ahora qué se hace?, con unas incontrolables ganas de llorar.

A fin de calmarme, mi “Chinita” (como recordarán, es mi abuelita, mamá de mi mamá), me decía muy tranquila: “No importa, gatita, no importa”, acompañado de un gesto con la mano que me daba a entender que era algo sin importancia hasta que me calmaba y todos mis temores pasaban.

Como buena alumna que soy, aprendí rápidamente la frase que me daba a entender que esos bellos adornos no eran importantes, y la interioricé rápidamente.

Tan buena alumna fui, que, desde esa vez, cada vez que rompía un adorno (claro, ya no tenía el cuidado extremo al agarrarlo porque ya sabía que “no importaba”) simplemente le decía a mi mamá: “No pota, mami, no pota”, según yo, para calmarla y decirle que el haber roto YO el adorno no era importante.

Hoy nos reímos de la anécdota y de la facilidad con la que lo decía, siendo esa frase para mí un “permiso implícito” para tomar cualquier adorno “prohibido”.

Me pongo a pensar en cuántos recuerdos, regalos con un significado especial, o simplemente ese adorno deseado para decorar la casa se cayeron de mis manos, y yo, siempre tratando de calmarlo con mi frase cual coro de canción de moda: “No pota, mami, no pota”.

Es increíble cómo los momentos que parecen triviales o cotidianos pueden tener un gran impacto en nuestra formación y en los lazos que tejemos con nuestros seres queridos. Estos momentos, aunque pequeños, forman la esencia de nuestras memorias más preciadas y nos enseñan lecciones valiosas sobre la importancia de la paciencia, la comprensión y el amor incondicional.

¿Y tú? ¿Recuerdas alguna frase que usabas de pequeño o anécdota que hasta el día de hoy provoque risas en las conversaciones familiares?, ¿cómo esa frase o anécdota crees que pueda haber impactado en tu vida adulta? ¿o quizás como trascendió con las personas que te rodean?.

Voy por mi segunda taza de café…mientras espero tus historias ;)

La Vane…y su café.

16.- La «vibra»

A veces, en esos momentos de calma, cuando el mundo parece detenerse un instante, me pongo a pensar en esa curiosa palabra que tanto usamos: «vibra». ¿Te has detenido alguna vez a sentir realmente lo que eso significa? No hablo de complicadas teorías o términos científicos, sino de esa sensación pura y simple que todos experimentamos.

Es curioso cómo, sin necesidad de entender los entresijos de la ciencia, todos de alguna manera «sentimos» las vibras.

Es como una danza silenciosa que ocurre en el fondo de nuestras interacciones diarias, en nuestras soledades y en nuestras alegrías compartidas. Una especie de intuición emocional que nos dice si algo (o alguien) nos hace sentir bien, nos llena de energía o, por el contrario, nos deja con una sensación de pesadez, de cansancio.

Hace poco, en una sesión con mi psicóloga, ella me explicaba sobre las frecuencias de las emociones y esa “vibración” que emite cada una.

En este caso, se explica como “frecuencia alta” para aquellas emociones que podríamos llamar “positivas”, que nos generan alegría, euforia, entusiasmo… y que esta vibración es tan alta que puede percibirse por otras personas.

Asimismo, tenemos las emociones de “frecuencia baja”, que son las que, aunque no quisiera etiquetarlas como negativas, sino como las “incomprendidas”, que están relacionadas con la depresión, tristeza, melancolía.

Investigando un poco más sobre esta teoría de las emociones, me encontré con estudios científicos que van más allá de solo “una sensación” que sentimos o percibimos.

La ciencia detrás de las Frecuencias Emocionales

Aunque la idea de medir emociones en términos de frecuencias es más metafórica que literal, existe evidencia científica que respalda la influencia de las emociones en nuestro bienestar. Por ejemplo:

  • Investigaciones Neurocientíficas: Estudios en neurociencia han demostrado cómo diferentes emociones activan distintas áreas del cerebro y pueden tener un impacto significativo en nuestro sistema nervioso.
  • Impacto en la Salud Física: Investigaciones, como las de Bruce Lipton en «La Biología de la Creencia”, indican cómo las emociones pueden afectar nuestra biología, influyendo en la salud y el funcionamiento de nuestro cuerpo.

¿Puedo cambiar, transformar o modificar estas emociones?

Si me preguntan, responderé sinceramente que no lo sé. Trabajo en eso diariamente (no es fácil) y, justamente, tratando de entender y manejar estas vibraciones es que, en mi caso, el distanciamiento e introspección son parte de mi proceso (y eso implica mi silencio y alejamiento, y las personas más cercanas a mí lo saben y lo entienden… gracias por ello). Sin embargo, investigando un poco más, existen algunas técnicas que te permiten mejorar “estas vibras” y quería compartirlas con ustedes:

  • La Meditación: Puede ayudar a regular las emociones y aumentar la consciencia, practicada de forma regular.
  • La Actividad Física: Libera endorfinas, neurotransmisores que generan una sensación de bienestar, como se ha estudiado en múltiples investigaciones.
  • La Expresión Creativa: Es una poderosa herramienta para procesar y transformar emociones. El arte, la música y la escritura son formas de expresión que pueden ayudar a elevar las frecuencias emocionales.
  • La Respiración Consciente y la Relajación: Son técnicas efectivas para calmar la mente y el cuerpo, reduciendo emociones de baja frecuencia como el estrés y la ansiedad.
  • Mantener Relaciones Sociales Saludables y Positivas: Es fundamental para el bienestar emocional, estas conexiones pueden fortalecer emociones de alta frecuencia como el amor y la alegría.

Entendiendo “Las Vibras”

En este paso por la vida, he aprendido a prestar más atención a estas “vibras”. No necesito gráficos ni ecuaciones para saber que cuando estoy feliz, cuando amo, cuando me siento en paz, hay una ligereza en mi ser, una especie de resonancia positiva que parece elevarme. Y, por otro lado, el miedo, la tristeza, la ira, traen consigo una especie de peso, una vibración más densa que parece arrastrarme hacia abajo.

Creo que, de alguna manera, estas vibras son el lenguaje secreto de nuestras emociones, una forma en que nuestro interior se comunica con nosotros y con el mundo. Y, aunque no siempre entendamos su ciencia, su influencia en nuestra vida es innegable.

Lo que sí puedo afirmar es que lo más importante en cada una de estas vibraciones es aprender a “disfrutarlas”, sentirlas sin miedo a ocultarlas, son parte de mí y de ti, trata de entender cada una de ellas, como alguien me dijo en un momento: “disfruta cada una de estas emociones”. Al inicio parece trillado, pero una vez que entiendes que son parte de tu ser, empiezas a percibirlas de una forma que aún no tengo palabras para explicar.

Por eso, me parece fascinante explorar cómo podemos aprender a escucharlas mejor, a entender qué nos dicen sobre nosotros mismos y cómo podemos, quizás, aprender a dirigir esta danza emocional hacia un ritmo que resuene con lo que buscamos en la vida.

Recuerda: ten presente que cada emoción, sea de alta o baja frecuencia, es parte de tu experiencia humana.

Aprender a navegarlas es aprender a danzar al ritmo de tu propia vida, una danza que es única, hermosa y profundamente tuya.

Recuerda que no estás solo, siempre estaré aquí para escucharte.

La Vane…y su café.