15.- Melodías de la Vida: Aprendiendo a Escuchar con el Corazón

Día a día me encuentro con que la vida es una sinfonía de experiencias y perspectivas. Cada mañana, mientras saboreo mi café a las 5:30 am, me sumerjo en el silencio previo al amanecer, momento perfecto para reflexionar.

La vida, se vive y se siente de maneras infinitamente diversas.

Hace poco tuve la oportunidad de escuchar a niños tocar los violines, en esa presentación, me salí de la abstracción que la música de este instrumento me provoca y me permití ver a  mi alrededor: vi la música a través de los ojos de otros.

Recuerdo a una bella niña con síndrome de Down, cuyo espíritu libre y desinhibido la llevaba a bailar al ritmo de cada nota. Su alegría era palpable, una expresión pura y sincera de cómo la música tocaba su alma ¡era increible ver como vivía la musica!.

Era un recordatorio hermoso de que la música, y la vida en sí, no solo se escuchan, sino que también se sienten y se viven con todo el ser.

A su alrededor, otros niños escuchaban atentamente, absortos en la complejidad de la melodía, tal vez entendiendo la música de una manera menos técnica, pero igualmente válida. Una niña movía los dedos de la mano como queriendo imitar al director, otro niño jugaba con el fondo musical, otro sólo miraba absorto la pasión con que cada violinista sentía cada nota musical. Cada uno de ellos experimentaba el concierto a su manera, aprendiendo y descubriendo.

Los adultos presentes, incluyéndome, teníamos nuestras propias interpretaciones. Algunos (como yo) cerraban los ojos, permitiendo que la música toque cada fibra y sentir como emociona cada célula de su ser. Otros,  probablemente evocando recuerdos o permitiendo que la música les transportara a otros tiempos y lugares. También estaban los que observaban con admiración a los músicos, reconociendo el esfuerzo y la dedicación detrás de cada pieza.

Y no me puedo olvidar de los ancianos, cuyas expresiones reflejaban una mezcla de nostalgia y alegría. Para ellos, cada nota podía ser un eco de su juventud o un recordatorio de los muchos conciertos a los que habían asistido a lo largo de los años. Su apreciación era tranquila, profunda, como si cada melodía fuera un viejo amigo.

Este mosaico de experiencias me enseñó que la vida, como la música, se interpreta de infinitas maneras. Cada uno de nosotros escucha una melodía diferente, incluso cuando la música es la misma. Esta diversidad de percepciones es lo que hace que cada experiencia sea única y valiosa.

Hoy, con mi café en mano, pienso en cómo cada persona que me rodea vive su propia sinfonía personal. Me permito escuchar no solo con mis oídos, sino con mi corazón, abriéndome a entender y apreciar las distintas melodías que componen el concierto de la vida.

En este proceso de redescubrimiento, me doy cuenta de que ver la vida a través de los ojos de otros, no solo enriquece mi propia experiencia, sino que también me enseña a valorar cada nota, cada momento, cada persona de una manera más profunda y significativa.

Recuerda, que cada persona que encuentras es un universo de experiencias, emociones y perspectivas únicas. Al igual que en un concierto, donde cada oyente vive la música a su manera, en la vida, cada persona que nos rodea nos ofrece una oportunidad para aprender y crecer.

Así que te invito a abrir tu corazón y tu mente a las melodías de los demás. Escucha sus historias, siente sus emociones, y permítete ser movido por sus experiencias. Al hacerlo, no solo enriquecerás tu propia vida, sino que también te conectarás más profundamente con el mundo que te rodea.

 Y recuerda, en el gran concierto de la vida, cada nota, cada pausa, cada silencio, tiene su propia belleza y significado.

Terminando mi taza de café y ya siendo de día, me preparo para escuchar la melodía de vida de hoy.

La Vane…y su café.

14.- Pintando la vida

En este camino de vida que llevo recorriendo, debo confesar que me muestra los distintos colores y matices que me llenan de sensaciones y sentimientos muy difíciles de describir. Con sus distintas tonalidades, solo puedo relacionarlo a toda vez que agarro un pincel, un lápiz de color o los distintos materiales con los que suelo pintar y tratar de plasmar mis sentimientos y emociones a ese momento.

Es un momento mágico. Es como si mi mano cobrara vida, con música de violines y chelo a todo volumen, y es como que simplemente me transportara a un estado paralelo: nada importa a mi alrededor, de forma intuitiva sé qué mezcla debo hacer para lograr el efecto buscado… sin teorías, sin lógica, sin nada forzado… solo lo siento. ¿Eso es lo que le llaman talento? No lo sé…

¿Qué tal si imaginas por un momento que tu vida es un lienzo gigante? Tú eres el artista de tal talento que eres capaz de crear tus propios destinos. Cada día, cada hora, cada instante es una oportunidad para sumergirse en ese lienzo y dar vida a tus sueños… ¡es como un portal hacia un mundo de posibilidades!

¿Cómo creo que se debe comenzar a pintar ese hermoso lienzo de vida?

Partimos de la inspiración, donde inicia todo. La inspiración, la defino yo, como ese brillo en tus ojos cuando miras al cielo estrellado y te das cuenta de que eres parte de algo más grande. Es el suspiro que escapa de tus labios cuando te sumerges en una pieza de música que te estremece el alma, mientras disfrutas de ese primer sorbo de café por la mañana, cuando el mundo aún está en silencio y lleno de promesas.

¿Y luego qué sigue?

La creatividad, como un pincel mágico, esa herramienta que te permite transformar las ideas en realidad. Así como un artista ve un lienzo en blanco y visualiza su obra antes de que la primera pincelada toque la tela, nosotros debemos visualizar nuestros sueños con la misma intensidad y claridad, como cuando el vapor del café se eleva de la taza y se convierte en un mágico danzante que es capaz de envolverte en mil y un sensaciones y emociones.

El tiempo: No hay un tiempo perfecto para terminar de pintar un lienzo en blanco.

Así como un pintor aplica capa tras capa de pintura con cuidado y detalle, nosotros debemos avanzar con paciencia hacia nuestros sueños. A veces, la vida nos desafía, nos presenta obstáculos inesperados y nos hace retroceder. Pero cada vez que nos levantamos y continuamos, añadimos una nueva pincelada a nuestra historia, nos acerca un poco más a un día lleno de oportunidades.

La Pasión: el fuego que enciende el alma. La pasión es el fuego que arde en nuestro corazón cuando pensamos en nuestros sueños. Es lo que nos hace levantarnos por la mañana con una sonrisa en el rostro y un brillo en los ojos, y nos hace ser fuertes para seguir avanzando, a pesar del dolor que puedas sentir, ellos siempre serán tu mejor estímulo.

“La gente”: Ningún artista está 100% solo. Puede tener momentos de aislamiento, pero también es necesario tener a la gente a su alrededor: esos amigos, familiares y mentores, o hasta incluso desconocidos, se vuelven nuestra galería de apoyo. Compartir nuestros sueños con otros nos conecta de manera profunda y significativa. Son ellos quienes nos alientan en los momentos difíciles, mientras compartimos historias y risas, y planeamos nuestro futuro.

Así que, en este lienzo de la vida, te invito a tomar tus pinceles, disfrutar de una taza de café y sumergirte con pasión y creatividad.

Cada día es una oportunidad para añadir pinceladas de color y significado a tu obra maestra en progreso. Algunos días tendrán tonos cálidos, otros tonos grises, y eso es parte de esta gran obra maestra que terminará en un maravilloso resultado: TU VIDA.

Preparo mis colores, música y una taza de café, estoy lista para la obra de hoy… 😉

La Vane…y su café

13.- Carta N° 2 a mi Yo del pasado: Los ángeles en nuestro camino

Hola Vane, ¿cómo estás? ¿Qué día es cuando estás leyendo esta carta? ¿En qué etapa de nuestra vida te encuentras?

Por acá es el 2023, no quiero entrar en detalles de fechas para dejarte algo de suspenso y emoción y no ir “spoileándote” la vida.

Hoy te quiero contar sobre los ángeles, y no necesariamente sobre esos seres religiosos y míticos, sino sobre aquellos con los que te cruzas día a día sin darte cuenta.

Nos ha tocado serlo alguna vez y no somos conscientes de ello hasta que nos lo hacen notar. ¿Pero sabes un secreto? Es mejor no saberlo, puesto que nos ayuda a mantener la humildad y seguir esforzándonos por ser mejores cada día, humildad que siempre es tan escasa en esta vida.

Regresando a nuestros ángeles… Te cuento que nos hemos topado con muchos de ellos. Suelen ser personas tan buenas y humildes que no requieren que las alabes o que las endioses; por el contrario, son las personas (o hasta animales) más puros y sinceros con los que te vas a encontrar.

¿Qué cómo los vas a reconocer? Muchas veces ni te darás cuenta en el momento. Muchos son personas tan cercanas a nosotros que ni lo sabemos.

A veces son personas que conoces de paso en el camino del día a día y que con una sonrisa son capaces de alegrarte el día. Son personas que conoces de la forma más inimaginable y que se van convirtiendo en tus amigos, capaces de escucharte y ayudarte incondicionalmente.

¿Quieres una ayudita para identificarlos?

– Es aquel niño que de forma espontánea te busca para un abrazo (sin conocerlo) o juega a tu alrededor haciéndote partícipe de su juego (¡así no lo quieras! Es de lo más divertido).

– Es aquel señor de seguridad, que se preocupa por que el taxi que tomas sea realmente seguro y hasta anota la placa del auto.

– Es esa amistad que te pide que la llames llegando a tu casa, porque sabe que estás regresando tarde o muy cansada o no quiere que algo malo te suceda.

– Es aquella amiga que te envía muchos mensajes para saber cómo estás (a pesar de que muchas veces no le contestas inmediatamente) pero que te entiende y te sorprende cada semana con un mensaje positivo y de buena vibra.

– Son esas llamadas que no respondes de ángeles interesados en saber cómo estás e insisten hasta que se aseguran que estás bien.

– Son esos familiares y amigos, que ya no están contigo, pero que se las ingenian para buscarte en sueños y decirte que están a tu lado, por siempre.

– Son esos gatos (de una clase de pintura que en algún momento tomarás) que son capaces de sacarte millones de risas con sus ocurrencias y que se sientan en tu regazo cuando saben que los necesitas.

– Están en esas clases de pintura con conversaciones de miles de temas que salen en cada una de las clases: ayudándote a superar la frustración y retándote a ser mejor cada día.

– Están con esos mensajes inesperados, que son capaces de aliviarte y darte seguridad.

– Están con tus colegas, capaces de comprenderte y ayudarte cuando más lo necesitas.

Son papi y mami, que con sus mágicos abrazos hacen que tu mundo se reinicie.

– Son aquellos que te enseñan, de mil y un formas y te van haciendo fuerte para continuar: ellos también son tus ángeles… si ellos no te preparan, ¿quién lo hará?

– Están en las mascotas que tendrás, que harán tu vida alegre y robarán miles de sonrisas.

– Están en los jóvenes, que recién inician su vida, que te cuentan de sus historias y te hacen entender cómo ven el mundo y te hacen recordar que también estuviste como ellos, queriendo comerte al mundo, sin límites.

– Están en el vecino que te saluda con una sonrisa, en el señor que atiende en el restaurante que sabe de tus gustos y hasta parece leerte la mente, en el dueño de la “bodeguita de la esquina” que te da “la yapita”, en el taxista que te cuenta de su vida y te hace sentir cada vez más presente. Y miles de ángeles más…

Vane, ¿te das cuenta de lo afortunada que eres?

Toda tu vida estará acompañada de preciosos ángeles que se encargarán de hacerse presentes, de miles de formas y seguirte enseñando.

¿Mi consejo?

Estate presente, disfruta cada día, así sean buenos o malos, vive cada una de las emociones que te generan, entiéndelas y aprende de ellas, que son las que te ayudarán en este camino de vida, ¿largo o corto? No lo sé, pero mientras sigamos acá… ¡solo vive!

Nuestros ángeles siempre nos acompañarán, eso no lo dudes 😉

El día inicia…termino mi taza de café y me preparo para encontrar a mis angeles de hoy =)

La Vane…y su café

12.- Desayunos de domingo

Los desayunos de domingo siempre han sido y son especiales. Ese día, la cocina se viste de fiesta y saca a relucir sus mejores platos.

Nos despertamos todos muy temprano, en contraposición a muchas familias. Para nosotros, el domingo no es pretexto para dormir más tiempo del habitual. Al contrario, es un día familiar y hay que aprovecharlo al máximo.

Desde mi habitación, con mamá en la cocina, se escuchan sonidos familiares: el ruido del estante de las ollas al cerrarse, el tintineo de los utensilios de cocina al chocar entre ellos y, con el tiempo, hasta aprendes a reconocer el sonido de la puerta del refrigerador al abrirse y cerrarse.

De pronto, esa sinfonía se mezcla con un aroma irresistible: el café que se prepara en la cafetera, marcando el inicio de esta mágica experiencia dominguera.

Ese aroma te invita a acercarte corriendo para ayudarla. Escuchas un “tac, tac, tac” y descubres sobre la tabla de picar una variedad de colores y olores que presagian algo delicioso en camino.

Al escribir esto, recuerdo nuestras visitas al norte, a casa de mis abuelitos paternos. Ambos se levantaban temprano y esos sonidos y olores de un típico desayuno norteño —tamalitos verdes, seco de chavelo, carne seca frita— me vienen a la mente. Y siempre estaba presente el inigualable café de mi abuelita. Por más que intentáramos replicarlo con la misma marca y cafetera, nunca sabía igual. Mi abuelita tenía un toque mágico que jamás reveló.

Volviendo a nuestros especiales desayunos de domingos: Mi papá se encarga del jugo, mientras yo ayudo pasándole algunos ingredientes o guardando utensilios ya usados. Todos nos integramos en este mágico ritual.

No ponemos música, pero el televisor, siempre sintonizado en un programa matinal dominical, murmura en el fondo, añadiendo su nota a este concierto matutino.

En casa somos solo tres: papá, mamá y yo. Aunque somos una familia pequeña, el ambiente se siente lleno de risas y alegría. Escucho a mamá regañarnos juguetonamente por «robar» algunos ingredientes picados mientras mi papá y yo nos reímos a carcajadas.

El horno ya está encendido para calentar los panes. Y en la sartén, el aceite burbujea en anticipación.

¿Qué se preparará hoy? : El aroma del ajo invade la casa, seguido del sonido de la cebolla al freírse y, finalmente, ¡la carne! ¡Hoy toca lomito al jugo!, mamá le añade su «puntito verde» y ese toque secreto que lo convierte en un platillo inigualable.

La mesa está lista, con todo lo necesario para este festín. El protagonista, aparte de la comida, es el amor y la compañía de mis padres. Estos domingos son verdaderamente mágicos, culminando con charlas amenas, risas y mucho amor.

Cuando era adolescente, renegaba de tener que despertarme temprano en domingo. Pero ahora, como adulta, agradezco a mis padres por enseñarme a valorar esos momentos en familia.

Estos instantes mágicos son la verdadera esencia de la familia. Ya sea durante un desayuno o cualquier otra tradición, es vital mantenerlos vivos. No importa el platillo, desde lo más simple y sencillo o hasta el platillo más elaborado, lo que cuenta es la compañía y el cariño con el que se vive.

Estos rituales son la verdadera herencia familiar, los que llevamos con nosotros y pasamos a futuras generaciones.

Y tú, ¿qué tradiciones tienes en tu familia? ¿Eres parte de esos momentos mágicos? ¿Has iniciado alguno? ¿Qué tal si propones una nueva actividad y comienzan a practicarla?, desde algo tan simple como cambiar el lugar de ese desayuno o decorar distinto el ambiente o tal vez algo de música: lo importante es hacerlo especial, diferente y que marque lo especial de ese momento.

Termino mi último sorbo de café y me voy directo a la cocina…¿que haremos hoy para el desayuno? 😉

La vane…y su café

11.- Sintiendo y conectando

LUUUUZ… 1… 2… 3… 4… 5… LUUuz… 1… 2… 3… 4… 5… 6… 7… luz… 1… 2… 3… 4… 5… 6… 7… 8… 9…

No sé qué hora es, solo recuerdo que ya estaba metida en mi cama. Era normal en esa época estar sin luz… Tengo 13 años y estoy viviendo en Tumbes.

¿Dónde estoy? En Corrales, que queda a las afueras de Tumbes, a casi 20 minutos por carretera y luego un desvío hacia la izquierda (en dirección de norte a sur) y hasta el fondo. Un camino de semi trocha, característico de nuestras provincias, muchas veces olvidadas.

Estamos en verano, temporada de lluvias intensas en la zona. Con frecuencia cortaban la electricidad, no solo por la lluvia, sino por las restricciones locales. Lo cual hacía que fuera muy común estar a oscuras o, en caso contrario, usar velas o lámparas de querosene era lo normal.

Los golpecitos en el techo con calamina nos anuncia que está empezando a llover. El sonido de la caída de agua intensa sobre los pocos jardines y de pronto, el característico olor a tierra mojada nos confirma que llegó la lluvia, con todo ese misticismo que solo la naturaleza sabe cómo regalarnos.

En esta época de lluvia, en la cual podía pasar de una bonita y divertida experiencia a tener que sacar el agua de las habitaciones porque era tan fuerte que sobrepasaba cualquier protección que pudiéramos tener: era como una ruleta rusa… ¿cómo será esta vez?

Mi primer pensamiento es querer bajar de la cama, y es el primer reto que se debe afrontar: ¿habrá alguna filtración que haya hecho que el piso se haya mojado? No se imaginan la fea sensación de mojarse los pies cuando no lo esperas. Como aún sigo a oscuras y mis ganas de salir de la cama era muy grande, simplemente pongo un dedo del pie en el suelo como para tantear el suelo… y… ¡uff! ¡Está seco!

El siguiente paso es tratar de conseguir encender el lamparín de mi dormitorio. A lo lejos ya escucho la voz de mis papás, buscando las posibles filtraciones en los techos para poner los baldes y que no moje ni malogre el piso de la casa y los muebles.

Tac… tac… tac… golpean las gotas en los baldes que ya protegen los muebles.

Logro encontrar los fósforos en mi dormitorio, quito el protector de vidrio y siento el característico olor a querosene. Enciendo la mecha, regulo la intensidad de la luz y pongo nuevamente el vidrio. El entorno se envuelve en un ligero resplandor al que poco a poco me voy acostumbrando.

Nuevamente escucho la voz de mis papás: ¿un cafecito?

No hay mejor momento que cada vez que se va la luz por la fuerte lluvia. Todos en casa nos levantamos camino a la cocina, se enciende un lamparín de querosene que ilumina la habitación, con un reflejo de fondo de una llama que se mueve como un danzarín, no permitiendo tener totalmente claridad, pero sí eres capaz de ver a tu alrededor.

Sentados en la sala, taza de café en mano, escuchando cómo cae la lluvia y contando los segundos entre relámpago y relámpago:

Tac… tac… LUUUUZ… 1… 2… 3… 4… 5… LUuz.. 1… 2… 3… 4… 5… 6… 7… luz… 1… 2… 3… 4… 5… 6… 7… 8… 9…

Hoy no es distinto al resto de aquellos días de lluvia. El olor a tierra mojada, el ruido de la lluvia golpeando la calamina, aprendiendo a ver en la oscuridad y recordando cada ubicación de los muebles, ¡para no darnos esos horribles golpes en el dedo del pie!

 Ese aroma: una mezcla de café, querosene (del lamparín) y el olor a tierra mojada. Percibo un ligero aire sobre mi rostro, si me asomo a la ventana las gotas de lluvia rebotan sobre ella. Me gusta jugar con el lamparín: pongo mis manos alrededor de él y percibo su calor, el olor… todo es magia cuando llueve.

Qué bonito es disfrutar todo lo que la naturaleza y los momentos que, sin saberlo, es capaz de regalarnos: te conecta con todos tus sentidos, te une y reúne con los tuyos, te enseña.

¿Cuándo fue la última vez que disfrutaste, REALMENTE, de la naturaleza y cómo es capaz de hacer todas estas conexiones en tu vida? ¿Qué sensaciones y recuerdos te trae a la memoria cada vez que te conectas con ella? Si aún no lo has disfrutado, te reto a hacerlo: conéctate contigo mismo, respira, siente el sol, el frío, la lluvia o la llovizna, permítete conectar tus emociones con cada factor externo que percibas, interiorízalo y simplemente vívelo.

LUUUUZ… 1… 2… 3… 4… 5… LUuz… 1… 2… 3… 4… 5… 6… 7… luz… 1… 2… 3...

4… 5… 6… 7… 8… 9… ya se está alejando.

Hoy en Lima, las gotas de llovizna suenan en el techo del jardín…¡momento de otra taza de café!!

#LaVaneysucafe

10.- ¡Sigamos!

Después de una breve pausa, regreso para seguir disfrutando de este café de viernes.

En los relatos que les he compartido, es evidente mi profunda conexión con mi lado artístico, y cómo este influye en mi vida personal y profesional.

También, en estas últimas semanas, he estado navegando en un océano de recuerdos: fotos de mi niñez, adolescencia, historias que me transportan a mis comienzos y me ayudan a reconectar con mi esencia. Ha sido una gran experiencia.

Hoy, quiero tratar de conectar un recuerdo de infancia con una experiencia actual, y que aprendí de ellas:

Recuerdo de infancia

Este recuerdo afloró después de ver una divertida foto. En ella, mi primo y yo estábamos vestidos con ropa igual, solo de diferente color: yo llevaba amarillo (mi mamá parece que tenía una predilección por los tonos amarillos en ese entonces) y él azul. Yo era rellenita y con mis cachetes en primer plano, mientras que él era delgado, como siempre lo ha sido. La ropa me quedaba ajustada, y a él le quedaba holgada. ¡Revivir ese momento fue maravilloso!

Recuerdo tener alrededor de 7 años, y mi primo Miguel tenía 8. Nos sentábamos en un muro frente a la puerta de la casa que daba a la calle. Recientemente, pasé por allí y vi que las hermosas casas se habían transformado en edificios. La vida sigue, cambia, y debemos seguir adelante.

Mi primo Miguel cantaba una canción que le habían enseñado en la clase de religión. Decía algo así: «Si yo no tengo amor, yo nada soy, Señor». Cuando él la cantaba, ponía mucho sentimiento. Yo no entendía completamente el significado de la canción, pero me encantaba cómo la interpretaba, llena de emoción y casi susurrando.

 En eso, una señora que pasaba lo escuchó y comentó: «¡Qué bonita canción!». Sonrió y continuó su camino.

En ese momento, deseé que me hubieran alabado a mí también. Empecé a cantar junto a mi primo, tal vez incluso con volumen de voz más fuerte que él. Pero a pesar de eso, nadie más se detuvo para elogiar mi canto. Sentí cierta frustración.

¿Por qué nadie alabaría mi interpretación?

Hace unos días

Como ya saben, por las historias que les vengo contando, sigo buscando aprender de nuevas técnicas para pintar y dibujar. Una habilidad que siempre me pareció desafiante era la de dibujar rostros a partir de una foto. Sin embargo, decidí retarme a aprenderlo y hacerlo bien. En mi última clase, enfrenté la presión de mi profesora, quien nos instó a avanzar más rápido y a completar el rostro que estábamos trabajando ese día. En medio de la tensión, olvidé todo lo que había aprendido sobre la importancia de desaprender y realizar trazos suaves para sentir el proceso de creación. Borré el dibujo una y otra vez, hasta el punto de sentir que no podía arreglarlo. Fue frustrante.

Después de numerosos intentos, logré crear las formas que buscaba, pero aún debía definir algunos detalles, como el cabello, el cuello y otros elementos que darían forma al trabajo final. Mi profesora notó mi frustración y, en lugar de más presión, me ofreció algunas pautas.

En ese momento, me reconecté con esa parte de mí que permite que las cosas fluyan. Dejé de presionar el lápiz, realicé trazos suaves, observé la foto y disfruté del proceso sin preocupaciones. El resultado: esos últimos trazos quedaron muy bien y recibieron elogios de la profesora.

Conectando historias

  • Una niña forzando a recibir un alabo por algo que sólo se “fuerza” a cantar: sin sentimiento real, con la presión de “hacerlo bien “.
  • Un adulto dibujando, intentando que salga perfecto, sin el sentimiento que hace que tus dibujos reflejen quien o cómo es realmente.

Al conectar estas dos historias, reflexiono sobre cómo la presión y las expectativas pueden influir en la forma en que realizamos nuestras actividades.

A menudo, olvidamos disfrutar del proceso y dejamos de ser nosotros mismos para cumplir con lo que se espera de nosotros. Aunque no siempre podremos hacer solo lo que nos gusta y disfrutar de cada momento, podemos intentar incorporar un poco de esa satisfacción personal en nuestras vidas diarias.

Pregúntate

¿Qué sucede cuando haces las cosas por presión, por obligación? ¿las disfrutas realmente? ¿las vives? ¿sientes realmente el momento de creación que estás viviendo? ¿lo haces sólo por esperar algo a cambio y no simplemente por la satisfacción personal de hacerlo?

¿Te das cuenta como estas experiencias pueden llevarte a lecciones de vida?

El día a día nos lleva simplemente a cumplir expectativas: personales o de otros, haciendo que dejes de lado el disfrutar y aprender del proceso, dejando de lado lo que realmente te reconecta contigo mismo y sobretodo, muchas veces dejas tu esencia, dejas de ser tu sólo para “cumplir”.

Regálate unos minutos para ti, hacer algo que realmente te guste y disfrutes o dentro de tus actividades busca, dentro de todas las cosas que haces, alguna que te permita reconectar contigo mismo, en el que digas: “voy a sentir este momento, voy a sentir esta actividad, voy a sentirlo, voy a disfrutarlo”, no solo hacerla por rutina.

Yo, seguiré con mis dibujos y pintura, aprendiendo, retándome y buscando disfrutar cada momento, recibiendo lecciones y compartiendo este café de viernes con ustedes.

¡Ahora, serviré mi segunda taza de café! Nos vemos el próximo viernes.

La Vane…y su café

9.- Hoy no tengo mucho que decir…

Hoy no tengo mucho que decir, sobre lo frío de la mañana mientras escribo estas líneas.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre el silencio y la calma que me invaden en este momento.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre la canción que estoy escuchando y cómo inyecta vida en este instante.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca de ese pajarito que ya inició su canto (y que puedo imaginarme a alguien diciéndole: «Shh, ¡cállate!, aún es muy temprano»).

Hoy no tengo mucho que decir, sobre lo cálida que se siente la manta que me cubre en esta fría mañana, proporcionando un agradable calor.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca de esta deliciosa taza de café, la cual perfuma el ambiente y me envuelve con su aroma.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre cómo descubro cosas nuevas a mi alrededor.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca del saludo cálido que alguien te da después de mucho tiempo sin verse, como si el tiempo no hubiera pasado.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre la emoción que me provoca caminar por la calle y descubrir hermosas cuadras llenas de cafés «casi secretos», esperando ser descubiertos por mí.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre cómo deseo pintar en este momento, sumergirme en una infinita paleta de colores y experimentar la expresión artística a través del pincel.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca de ese «sonido del silencio» que parece ilógico, pero existe y lo «escucho» en este momento.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre esas conversaciones que se convierten en momentos inolvidables.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre ese álbum de fotos lleno de recuerdos que te transporta al pasado en fracciones de segundo.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca del olor cuando abres un libro antiguo y te envuelve en una variedad infinita de sensaciones.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre ese delicioso trozo de torta de chocolate que te llevas a la boca y sientes una explosión de sabor que recorre cada fibra de tu cuerpo.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca de cómo me siento en este momento, si feliz o triste, si cansada o llena de energía.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre mis sueños y deseos postergados que resurgen de repente y cobran vida.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre los recuerdos de mi caminata hacia el colegio, recogiendo a mis amigas y caminando todas juntas hacia las clases.

Hoy no tengo mucho que decir, sobre aquellos disfraces de Halloween de niña que despertaban una serie de emociones y me convertían en otro personaje.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca de ese abrazo que te dan justo cuando más lo necesitas y que te llena de vida.

Hoy no tengo mucho que decir, acerca de mí…

La Vane…y su café

8.- «Oportuna oportunidad»

Hoy recuerdo cuando tenía 15 años. Estaba en el colegio, y uno de los «juegos» de moda era llenar el «SLAM BOOK». Se podría decir que era una especie de «red social» (ante la ausencia de internet, Facebook, Instagram, etc.). Era un cuaderno que se pasaba entre amigos, y cada persona debía responder preguntas específicas, como su nombre, edad, gustos, disgustos, secretos, etc.

Era una especie de diario compartido para conocernos mejor y compartir información personal. Se utilizaba como una forma divertida de interactuar y conocer más sobre los demás. Como era de esperarse, juego de adolescentes, siempre estaba presente la clásica pregunta: ¿quién te gusta? O «hazme una pregunta» y «déjame un recuerdo», preguntas que se volvían «las más trascendentales» a esa edad.

Hoy quiero contarles sobre esta última pregunta: «déjame un recuerdo».

Un día de setiembre, fecha muy propicia para repartir este cuaderno, esta especie de red social de la época, entre mis amigos. La noche anterior, eligiendo el cuaderno, llenando hoja por hoja con una pregunta a modo de título, decorándolo y listo para hacerlo circular entre todos.

Era tan importante como enviar una invitación de amistad en las redes sociales, ya que este cuaderno podía hacer que llegara a compañeros de clases a los que quería conocer de otros años escolares (sobre todo a los del último año). En esta ocasión, no quiero contarles exactamente sobre mi experiencia con este cuaderno, la cual fue muy reveladora. Hoy me quiero centrar en un compañero de clase, solo recuerdo su nombre: Celso.

Celso llegó a nuestra clase ya teniendo el año muy avanzado. Era muy blanco, con cabello negro, alto y extremadamente tímido al nivel que no hablaba con nadie y siempre estaba solo. No participaba activamente en las clases. Yo, con mi inquieta juventud y con ánimos de siempre tener amigos, buscaba saludarlo como si lo conociese de siempre, el me sonreía. Como parte de mi red social (y la curiosidad de todos mis amigos), le entregué este famoso cuadernito lleno de preguntas. Era una curiosidad general tratar de conocer quién era este misterioso joven, del que solo se le podía robar una ligera sonrisa.

Confieso que no recuerdo sus respuestas. Recuerdo su letra (más grande de lo usual, para mí), la presión del lápiz quizás un poco más fuerte de lo que lo hacían los demás, ocupaba, en sus respuestas, mas espacio que los demás (2 renglones y no uno como todos), pero sí recuerdo, ante la pregunta «déjame un recuerdo», él escribió esto:

«Claro de luna, estás sobre mí,
lo malo pasa, lo bueno queda…
………………………………………………….
solo para encontrar
,su oportuna oportunidad.»

(Los puntos suspensivos indican que no recuerdo lo que iba en esa parte del verso).

No sé por qué este pequeño párrafo caló tanto en mí, al nivel que hoy, después de varias décadas, lo tengo muy presente. Independientemente de lo sencillo del párrafo, y hasta podría decirse que muestra redundancia en la última frase, siempre me quedó la duda de qué podía estar pasando por la mente de Celso en ese momento, qué situaciones estarían pasando por su callada personalidad y si quizás era una forma de querer decir algo sin decirlo.

Después de 20 años de haber terminado el colegio, me enteré de que Celso sufría de esquizofrenia. Sé que terminó internado, pero no conozco más detalles de su situación en este momento.

Independientemente de lo que podría estar pasando por los pensamientos de Celso, influenciado quizás por las voces, que para él eran verdaderas o alguna situación por la que él podría estar pasando, de alguna forma manifestaba lo que todos buscamos: encontrar esa «oportuna oportunidad», ya sea en un momento de caos (como al parecer lo sentía) o en un momento de análisis interno y calma, en el que queremos redefinir nuestro propósito y/o camino de vida.

También me hace reflexionar en que cada persona es un mundo, que todos tenemos nuestras propias voces internas y que estas se vuelven más intensas cuando nos sentimos en un remolino de situaciones y emociones, introspección o de análisis ante una situación o momento.

Tengan en cuenta que no soy psicóloga ni especialista en analizar la psique humana, sin embargo, creo que con el nivel de empatía y observación que he podido desarrollar con el tiempo, aunado a mi experiencia personal, puedo afirmar que cada persona tiene una hermosa historia y situaciones que las llevan a ser lo que son hoy: más calmadas, más intensas, más seguras, más temerosas, más vulnerables, y antes de emitir juicios, es importante entender el contexto en el que se encuentra y todo lo que lleva «en su mochila» que la hacen ser lo que es hoy en día.

¿Y la «oportuna oportunidad»? ¿Por qué causa tanta relevancia en este texto? Porque creo que de alguna manera, siempre estamos en la búsqueda de esa respuesta, ya sea en lo profesional, lo personal, situaciones fortuitas, o no, que generan un cambio radical en ti, que te llevan a la #PAUSA y te hacen pensar si realmente estás en camino a lo que realmente eres, tu esencia, o simplemente continúas con un modelo tradicional y tranquilo.


Quisiera poder darles la fórmula secreta para encontrar esa «oportuna oportunidad». Yo aún no la sé, la sigo buscando y espero encontrarla pronto.

Solo les puedo decir que hallarla puede ser más difícil de lo que se piensa, implica mucho cuestionamiento y análisis respecto a lo que haces y hacia dónde quieres llegar. Es aislarse de influencias externas y tratar de tomar el control de tu vida con tus gustos, tus deseos y sueños.

¿Es simple el proceso? Pues no, te quiebra y desarma, y el reto es cómo rearmas esas piezas de la forma correcta para encontrar tu propio «diseño» y camino.

¿Te vas a equivocar al «rearmarte»? Yo creo que sí, que es posible, hasta que encuentres tu propia forma y sentido. Parte de ese proceso es aceptar tus errores y aciertos, habilidades y debilidades, y, sobre todo, aceptar que debes hacer el cambio, por ti inicialmente y luego por los demás.

Conócete: ¿Quién eres realmente? ¿Eres feliz con lo que eres hoy? ¿Estás satisfecho/a con lo que has avanzado hasta hoy? ¿Estás dispuesto/a a dar el cambio? ¿Es momento de hacerlo?

Recuerda, todo se hace paso a paso.

Es difícil, sí, y créeme que lo sé, pero te animo a tomarte un café (o té, pensando en todos mis amigos) y hacerte estas preguntas. Las respuestas que encuentres te pueden sorprender más de lo que imaginas.

…frase que quedó marcada para siempre en mi memoria, y no le había encontrado sentido hasta hoy:

«Solo para encontrar, su oportuna oportunidad».

La Vane… y su café.

7.- La recuerdo…

«Frère Jacques, Frère Jacques,

Dormez-vous? Dormez-vous…«

Hay momentos que quedan grabados en nuestra memoria para siempre; recuerdos y personas que, sin saber cómo ni por qué, regresan de pronto a tu mente con recuerdos que tenías guardados en lo más profundo de ti. Vienen aromas, sensaciones y experiencias, y es como si de repente volvieras a vivirlo y sintieras ese espacio especial y reconfortante que te llena de emociones y felicidad.

Hoy quiero hablarles de mi «Chinita». En realidad, es mi abuelita, la mamá de mi mami. Ella sigue viviendo por siempre en mi corazón, y pienso en ella mucho más de lo que todos creen. Nunca llegué a entender por qué le decía así, nunca le llamé «abuelita», siempre fue simplemente «mi Chinita».

Les confieso que tengo bloqueada en mi mente la hora, el día, el mes y el año en que ella partió. No lo hago por indiferencia o desinterés, sino porque es la forma que tengo de sentir que esa persona, que significó mucho en mi vida, siempre estará a mi lado. Mi Chinita sigue a mi lado, y la siento con cada recuerdo y costumbre que me regaló.

Tengo miles de momentos con ella; tuve una infancia muy privilegiada, ya que tuve a mis cuatro abuelos e incluso bisabuelos (siempre me sentí muy afortunada por eso). De todos ellos les hablaré en otro momento, pero esta vez quiero centrarme en «mi Chinita».

La recuerdo diciéndome «gatita», quizás porque mis ojos le recordaban a un gato, o también me decía: «ojo de uva». Me gustaba que me llamara de ambas formas, y aún recuerdo el tono de su voz al hacerlo.

La recuerdo en su ritual matutino, que tengo muy grabado en mi mente. Se despertaba temprano, quizás a las 6 a.m. o incluso antes. Sacaba a pasear a sus perros (no recuerdo si iban con correa o caminaban solos; es la primera vez que intento recordarlo, pero no me viene a la memoria). Yo tendría unos 6 o 7 años, quizás menos, y a menudo me despertaba para acompañarla. Sentir el aire frío en mi rostro a esa hora, casi solas en la calle, caminábamos una o dos cuadras.

La recuerdo cuando cruzábamos por una casa que tenía muchos jazmines y cómo me enseñaba a apreciar su aroma (era magia pura). Llegábamos a una casona que para mí parecía sacada de un cuento de hadas, donde veía todos sus rosales en plena floración, de muchos colores, todos perfectos, al igual que esa casa de cuento de hadas. A menudo, un gatito negro parecía saludarla diariamente, como si estuviera esperando su caricia matutina.

La recuerdo silbando a los pajaritos, disfrutando de su canto.

La recuerdo cuando regresábamos a casa; ella tomaba la manguera de agua y regaba su hermoso jardín lleno de árboles frutales y flores. Les hablaba a sus plantas y les cantaba. Yo la miraba desde la ventana del dormitorio y disfrutaba de ese momento. Aún siento el aire frío en mi cara, el sonido del agua cayendo de la manguera y tocando el jardín, el aroma a pasto recién regado, tan especial. La veo cantando y hasta bailando sola al ritmo de sus boleros. Ella también bailaba, pero siempre en la intimidad de su hogar.

La recuerdo con el cabello mojado después de salir de la ducha, sentada en su tocador marrón y desgastado, con un gran espejo. Tenía un frasco de agua mineral «San Mateo» (en esa época era exclusiva, hoy en día es una botella de agua común) con pétalos de rosas rojas, los cuales remojaba en esa agua y se los aplicaba en el rostro. Recuerdo el aroma de la crema «Nivea» en su gigantesca lata azul que se aplicaba todos los días, para mí era una poción mágica de belleza.

La recuerdo en la cocina, preparando grandes almuerzos de domingo para la familia. Eran esos momentos en los que veía la mesa llena de gente, como siempre soñé que fuera. Sus platos servidos parecían tener comida para toda una semana, pero de alguna manera siempre me las arreglaba para terminarlos.

La recuerdo cantándome una canción en francés:

«Frère Jacques, Frère Jacques,

Dormez-vous? Dormez-vous?

Sonnez les matines! Sonnez les matines!

Din, dan, don. Din, dan, don.»

La recuerdo llorando a escondidas, no sé por qué, o tal vez sí lo sabía, pero nunca me atreví a preguntar. Quizás porque en mi mente, las «abuelitas siempre son felices», un concepto que proviene de todos los estímulos que nos rodean.

La recuerdo riendo, caminando, cosiendo, en el teatro, en el cine, en los muchos paseos que hacíamos juntas.

La recuerdo cuando comíamos a escondidas una lata entera de duraznos en conserva, encerradas en su dormitorio para no invitarle a nadie.

La recuerdo en nuestra última conversación. Para darle tranquilidad, le canté esa canción en francés, con la esperanza de transmitirle la alegría y la paz que me daba cada vez que ella me la cantaba.

Hoy…

La recuerdo con cada aroma a jazmines.

La recuerdo con cada canto de los pájaros.

La recuerdo con cada olor a jardín recién regado.

La recuerdo con cada bolero.

La recuerdo, siempre la recuerdo.

«Sonnez les matines! Sonnez les matines!

Din, dan, don. Din, dan, don…»

Doy un sorbo a mi café ya frío; es la señal de que es hora de terminar este relato…

La Vane… y su café.

vanessa@lavaneysucafe.com

@lavaneysucafe

5.- «A mi ritmo, a mi estilo»

Hace poco inicié una dinámica que consiste en conocer a artistas locales, tomar talleres con ellos y experimentar una cocreación, guiada por ellos mismos, a la que luego le añado un «toque» de mi estilo.

¿Cuál es el propósito de esto? Para mí, se trata de descubrir las diversas motivaciones que llevan a una persona que, inicialmente no se consideraba un «artista» de manera formal, pero el destino la lleva hacia esta dirección.

Lo más interesante es cómo logra encontrarse a sí mismo y, lo que es aún más fascinante, cómo encuentra su estilo y descubre ese «punto» de inspiración que lo cura y le permite continuar.

Algo que he aprendido y sigo aprendiendo, sobre todo en estos talleres, es que para comprender el arte, es necesario situarse en el momento en que se creó esa obra, entender las motivaciones, ya sean positivas o negativas, que llevaron a ese artista a plasmarla en su obra.

Estas motivaciones pueden ser diversas: dolor, felicidad, autodescubrimiento o reencuentro. La salud, el entorno, el contexto, y otros factores también influyen. Sin embargo, conocer un poco más acerca de la procedencia y el contexto en ese momento es lo que nos permite apreciar y valorar realmente el arte.

En estos talleres, debo confesar que inicialmente sentía que no estaba en sintonía, ya que lo habitual es que el artista desee que la cocreación refleje en gran medida su visión y diseño y no necesariamente mi estilo (me encontré en varios momentos en que el artista quería influir en mi diseño y yo no se lo permitía – era muy divertido-), lo que nos traía una «pizca» de frustración a ambos.

Para mí, en cambio, se trata más de encontrar un concepto detrás de lo que pinto o dibujo, y darle una historia, más allá de simplemente crear algo «bonito», cosa que en un momento nos causaba un ligero conflicto entre el artista y yo.

Sin embargo, una vez que explicaba el significado del concepto a través del trabajo final, parecía como si automáticamente el diseño cobrara vida y fuera percibido de una manera diferente: con una personalidad propia, un estilo único y realizado a mi propio ritmo. Fue en ese momento que recibía comentarios positivos sobre mi creación.

Todo esto me llevó a reflexionar sobre cómo este descubrimiento en el arte puede aplicarse a nuestra vida cotidiana.

¿Qué ocurre en nuestro día a día?

A menudo, estamos tan inmersos en la rutina que rara vez nos tomamos el tiempo para hacer una pausa, respirar y reflexionar sobre cuál es nuestro estilo y ritmo para llevar a cabo las cosas.

Puede que nos encontremos con oportunidades de mejora, y está bien identificarlas y superarlas. Sin embargo, también es importante reconocer que hay situaciones en las que debemos avanzar a nuestro propio ritmo y estilo, sin presiones externas. Hay procesos que necesitan tiempo para asimilarse y aceptarse.

El presente nos empuja a querer correr, lo cual está bien si estamos preparados para ello. Pero también tenemos el derecho de pausar, respirar, evaluar y decidir los siguientes pasos. Lo importante es que encuentres calma en lo que decidas y sientas que los próximos pasos son los que necesitas, incluso si eso implica caer, llenarte de raspones y tener que levantarte nuevamente, adolorido, para continuar. Pero solo debes hacerlo cuando consideres que es el momento y estés listo.

Recuerda, haz una pausa, respira, analiza y continúa, siempre a tu propio ritmo, a tu estilo personal. Evalúa tus siguientes pasos y continúa.

La vane…y su café

Te invito a leer #PAUSA

Busca tu luz, sal de la zona oscura y suelta