Día a día me encuentro con que la vida es una sinfonía de experiencias y perspectivas. Cada mañana, mientras saboreo mi café a las 5:30 am, me sumerjo en el silencio previo al amanecer, momento perfecto para reflexionar.
La vida, se vive y se siente de maneras infinitamente diversas.
Hace poco tuve la oportunidad de escuchar a niños tocar los violines, en esa presentación, me salí de la abstracción que la música de este instrumento me provoca y me permití ver a mi alrededor: vi la música a través de los ojos de otros.
Recuerdo a una bella niña con síndrome de Down, cuyo espíritu libre y desinhibido la llevaba a bailar al ritmo de cada nota. Su alegría era palpable, una expresión pura y sincera de cómo la música tocaba su alma ¡era increible ver como vivía la musica!.
Era un recordatorio hermoso de que la música, y la vida en sí, no solo se escuchan, sino que también se sienten y se viven con todo el ser.
A su alrededor, otros niños escuchaban atentamente, absortos en la complejidad de la melodía, tal vez entendiendo la música de una manera menos técnica, pero igualmente válida. Una niña movía los dedos de la mano como queriendo imitar al director, otro niño jugaba con el fondo musical, otro sólo miraba absorto la pasión con que cada violinista sentía cada nota musical. Cada uno de ellos experimentaba el concierto a su manera, aprendiendo y descubriendo.
Los adultos presentes, incluyéndome, teníamos nuestras propias interpretaciones. Algunos (como yo) cerraban los ojos, permitiendo que la música toque cada fibra y sentir como emociona cada célula de su ser. Otros, probablemente evocando recuerdos o permitiendo que la música les transportara a otros tiempos y lugares. También estaban los que observaban con admiración a los músicos, reconociendo el esfuerzo y la dedicación detrás de cada pieza.
Y no me puedo olvidar de los ancianos, cuyas expresiones reflejaban una mezcla de nostalgia y alegría. Para ellos, cada nota podía ser un eco de su juventud o un recordatorio de los muchos conciertos a los que habían asistido a lo largo de los años. Su apreciación era tranquila, profunda, como si cada melodía fuera un viejo amigo.
Este mosaico de experiencias me enseñó que la vida, como la música, se interpreta de infinitas maneras. Cada uno de nosotros escucha una melodía diferente, incluso cuando la música es la misma. Esta diversidad de percepciones es lo que hace que cada experiencia sea única y valiosa.
Hoy, con mi café en mano, pienso en cómo cada persona que me rodea vive su propia sinfonía personal. Me permito escuchar no solo con mis oídos, sino con mi corazón, abriéndome a entender y apreciar las distintas melodías que componen el concierto de la vida.
En este proceso de redescubrimiento, me doy cuenta de que ver la vida a través de los ojos de otros, no solo enriquece mi propia experiencia, sino que también me enseña a valorar cada nota, cada momento, cada persona de una manera más profunda y significativa.
Recuerda, que cada persona que encuentras es un universo de experiencias, emociones y perspectivas únicas. Al igual que en un concierto, donde cada oyente vive la música a su manera, en la vida, cada persona que nos rodea nos ofrece una oportunidad para aprender y crecer.
Así que te invito a abrir tu corazón y tu mente a las melodías de los demás. Escucha sus historias, siente sus emociones, y permítete ser movido por sus experiencias. Al hacerlo, no solo enriquecerás tu propia vida, sino que también te conectarás más profundamente con el mundo que te rodea.
Y recuerda, en el gran concierto de la vida, cada nota, cada pausa, cada silencio, tiene su propia belleza y significado.
Terminando mi taza de café y ya siendo de día, me preparo para escuchar la melodía de vida de hoy.
La Vane…y su café.
